Del avión Pulqui a la Chancha
 con Cadenas | Por Carlos Gradin

Tecnópolis, la mega-exposición de ciencia arte 
y tecnología, fue visitada por más de dos millones de personas desde su inauguración en julio de 2011. Y aunque retome la tradición argentina de mostrar logros patrióticos en los aniversarios redondos de Mayo, se distingue de las ferias de 1910 y 1960 por el contundente protagonismo de las iniciativas públicas y estatales en todos sus pabellones.

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Fotos: Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación

Tecnópolis es una mega-exposición de ciencia, arte y tecnología organizada por Presidencia de la Nación e instalada en la localidad de Villa Martelli, desde mediados de 2011. Fue visitada por más de dos millones de personas en sus primeros cinco meses, y se extiende sobre un terreno de cincuenta hectáreas en una trama de calles y avenidas poblada de edificios y cúpulas geodésicas. Entre ellas sobresale el prototipo del cohete argentino Tronador II, insignia del relanzado Programa Espacial Argentino, como el Obelisco de una ciudad de historieta.
Pero, ¿qué es Tecnópolis? ¿Una kermés, un parque de diversiones, un montaje publicitario? Desde sus inicios las Ferias Mundiales o Universales despertaron, además de la adhesión entusiasta del gran público, las sospechas de una precursora crítica a la sociedad del espectáculo. A mediados del siglo XIX, las ferias habían surgido como eventos masivos en los que gobiernos y empresas hacían exhibiciones públicas de la bonanza alcanzada por los adelantos de la técnica y la expansión de los mercados internacionales. Telégrafos, locomotoras, calculadoras y telares mecánicos se ofrecían —entre muchas otras máquinas— junto a obras de arte y productos provenientes de países lejanos, a la vista de un torrente humano que en 1851 invadía el famoso Palacio de Cristal, en el Hyde Park de Londres. Aquella primera Gran Exhibición, como las ferias que la seguirían en las ciudades más importantes de Europa y Estados Unidos, ponía a la vista del público los emblemas de un progreso anunciado en la lengua del cálculo de ganancias y el libre mercado.

La época y sus máquinas
Tecnópolis se inscribe en la tradición de las grandes exhibiciones mundiales y cuenta con dos antecedentes en la ciudad de Buenos Aires: las exposiciones de 1910 y 1960, organizadas para conmemorar sendos aniversarios de la Revolución de Mayo. Como ellas, había sido programada para acompañar los festejos en 2010, pero disputas administrativas con el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hicieron que se llevara a cabo recién al año siguiente, en la localidad de Villa Martelli, en el partido bonaerense de Vicente López.
Es llamativo que las demoras también signaran la suerte de los eventos anteriores. En 1910 la inauguración de las diversas exposiciones programadas se atrasó varios meses debido a fallas de la organización y, sobre todo, a las huelgas de obreros que paralizaron los trabajos. Cincuenta años más tarde la Exposición del Sesquicentenario planeada por el presidente radical Arturo Frondizi acusaría problemas administrativos y de financiamiento. El encargado de su planificación, el arquitecto César V. Jannello, renunciaría poco antes de la inauguración y señalaría la incapacidad del Estado Nacional para llevar adelante el proyecto, que acabó empantanado en laberintos presupuestarios y burocráticos. Las lujosas exposiciones del Centenario, dedicadas a áreas como Agricultura, Ganadería, Industria e Higiene, estuvieron repletas de delegaciones extranjeras, fueron protagonistas de las celebraciones y lograron una gran repercusión en la sociedad de la época. En 1960 ni siquiera la publicidad se había realizado adecuadamente y, según testimonios, fue escaso el público que se acercó a la Exposición. En el predio de Avenida del Libertador se montaron los pabellones de empresas nacionales —sólo asistieron al evento unas pocas firmas extranjeras— y de algunas dependencias del Estado, que componían un paisaje de precisión geométrica y diseño futurista: un “festival de las estructuras”, como lo bautizó irónicamente el arquitecto Atilio D. Gallo. En las pocas fotografías disponibles, los pabellones deshabitados lucen como fríos monumentos a una modernidad indescifrable.
Toda exposición es, antes que nada, una puesta en escena; en este caso, sobre el pasado, presente y futuro de la economía y la tecnología en Argentina. De ahí que una exposición siempre consista en algo más que un cúmulo de datos y estadísticas. Ofrece una dimensión imaginaria, un teatro visual que “adorna” —podría decirse— su relato, pero que en realidad constituye su razón de ser: convierte un futuro sugerido o posible en un horizonte con el que el público es invitado a relacionarse a través del deseo.
Una foto del pabellón de Italia en la Exposición de Ferrocarriles y Transporte de 1910 muestra la estatua de mármol o yeso de un coloso a punto de cargarse sobre su espalda una gigantesca bobina de hierro. Su cuerpo contorneado alrededor del engranaje luce sobreactuado y cubre de un halo mitológico el mecanismo, que adquiere las propiedades de una criatura fantástica. Es una máquina —parece decir— pero también una fuerza cuyas verdaderas dimensiones no habría manera de abarcar sin apelar a la imaginación de un artista. Es una foto que vale la pena poner en relación con otra de la Exposición de 1960; aquella en la que puede observarse el pabellón de la empresa Citroën donde se exhibe su famoso 3CV. Se halla ubicado en un retablo futurista, bajo un alerón cuya línea de fuga se dirige al cielo, como la trayectoria de una nave que acelerara hasta desintegrarse en el aire. Las escenografías sugieren que hay más en los objetos de lo que puede verse a simple vista, y que la máquina, auto o engranaje, remite a un mundo de posibilidades que cada época declina a su gusto. Según la virilidad apolínea de una marcha triunfal, segura de sí, en 1910; o la inmersión veloz y abstracta en un futuro de ciencia ficción, la promesa de algo desconocido, en 1960.

Un inventario de atracciones
Tecnópolis retoma mucho de sus precursoras. Ofrece, como hacían aquellas, la posibilidad de dar un paseo por una serie de emprendimientos que entonan a coro un canto de optimismo. Pero su rasgo más distintivo es el protagonismo de las iniciativas públicas y estatales. En 1910, los pabellones del Centenario habían recaído en entidades empresarias como la Sociedad Rural y la Unión Industrial Argentina, que fueron las encargadas de administrarlos mientras el Estado se reservaba el papel de anfitrión —y guardia celoso, que reprimía a sangre y fuego, y sancionaba con la expulsión del país a los trabajadores que reclamaban mejoras salariales y amenazaban con aguar los festejos—. En el pabellón de Bellas Artes se ponían a la venta las pinturas y reproducciones exhibidas, como en la gran feria comercial que finalmente era; la Sociedad Rural recreaba su tradicional muestra dedicada a celebrar y dinamizar los negocios del sector. En 1960, los planes de la Exposición reservaban un lugar central a los organismos estatales, en sintonía con el proyecto desarrollista que sostenía el Gobierno Nacional. Pero las fotos disponibles se concentran en la imaginería visual de los pabellones de las grandes empresas, como Shell, Eternit e IBM. La suerte corrida por esta Exposición, definida como un “fracaso total y rotundo” por Jannello, habla sin duda de las enormes dificultades con las que se enfrentaba.
En 2011 el eslogan de Tecnópolis es “Decir presente mirando al futuro”; y lo que dice presente en Tecnópolis con una insistencia casi excesiva es, precisamente, el Estado. Su leitmotiv, la gratuidad. No sólo la entrada es gratis en la Feria sino también el transporte, que permite acceder al predio de Villa Martelli por tren y colectivos a disposición de los visitantes. Sonrientes empleados reciben a todos con planos y cronogramas de actividades, en un gesto que se repite a cada paso, como si darles la bienvenida fuera su única razón de ser. Este  hecho, el de una exposición gestionada por el Estado, visitada por millones de personas y que, sobre todo, intenta articular un discurso a partir de la idea de inclusión y acceso democrático al conocimiento y la infraestructura tecnológica del país, fue soslayado por casi todos los medios que informaron sobre ella. Estos mismos medios pudieron dedicar cientos de páginas a los panegíricos por la reciente muerte de Steve Jobs, pero despacharon en unas pocas líneas de compromiso a la Feria de tecnología, sin intentar siquiera un análisis crítico que polemizara con ella.


Sería imposible enumerar todas las atracciones de Tecnópolis. En realidad, esto es parte de su guión; la Feria se vuelve inabordable y es imposible recorrerla entera en un sólo día. Hay más historias —dice—, desarrollos, inventos y centros de investigación en Argentina, de los que sería posible ponerse al tanto en una sola tarde de paseo. Pero todos abren sus puertas para recibir a los visitantes, contarles lo que hacen y ponerse a su disposición.
En esa ficción, el logo a la entrada del pabellón del Conicet sirve de fondo para la humeante parrilla que vende choripanes al paso. Allí se sientan a descansar los ajetreados visitantes, y esa drástica reducción de las distancias define su tono general. Tecnópolis aparece como un inventario de los bienes científico-tecnológicos argentinos, de los logros del pasado y las áreas de desarrollo a futuro, exhibidas en su mayoría por las entidades públicas involucradas (Conea, Invap, Instituto Balseiro, Tandanor, Adif, Inti y un largo etc.). Su tono lúdico-pedagógico intenta ofrecer a los visitantes cierta proximidad con un programa de desarrollo del que —al menos en principio— puedan sentirse parte; y lo hace ofreciendo un acercamiento a los dispositivos y sus resultados mediante proyecciones, instalaciones, conferencias y películas 3D. Desde un todo terreno fabricado en el Mercosur hasta un kit de robótica para la escuela pasando por simuladores de vuelo, viviendas solares, laboratorios de nanotecnología, videojuegos. El espíritu de la muestra aparece sintetizado en las mesas que invitan a manejar robots y disputar con ellos un partido de fútbol, o en el stand del Ministerio de Seguridad que permite jugar a engañar a un sistema de seguridad plagado de rayos láser, como en Misión imposible. 

El borrador del futuro
En Tecnópolis se puede abandonar un salón de luces donde se publicitan los aceleradores de partículas para volver a las sendas peatonales, mientras suena de fondo la voz de Pappo transitando un blues. Entre la multitud se entrevén el parque de dinosaurios mecánicos y más allá la pista donde sobrevuelan los skaters. En un enorme salón conviven desde una monumental obra de espejos colgantes de Julio Le Parc hasta una señora jujeña que teje en un telar, y los hologramas de un artista que evocan seres mitológicos de Argentina, como la Chancha con cadenas y el Pombero. Ese rejunte es también característico de Tecnópolis.

Algo en la Feria pareciera estar siempre pendiente de revisión; detalles desprolijos, guiones demasiado pobres, una pedagogía a veces forzada conviven con hallazgos y aciertos. La Feria puede ser pensada como un work in progress que, a primera vista, desilusiona a los exquisitos que llegan hasta ella en busca de novedades. Podrán llevarse, en cambio, una mirada sobre el desarrollo científico-tecnológico del país. La impresión de que se trata de una trama diversa y vasta, tejida por iniciativas tanto públicas como privadas pero todas asistidas por un Estado que, además, se propone allanar su relación con la sociedad. Abundantes datos y referencias a pequeños grandes pasos del emprendedorismo nacional, del avión Pulqui al auto justicialista, a los pioneros ciclotrones y calculadoras electrónicas fabricados en Argentina. Un relato que, sin embargo, también es un borrador, cuyo horizonte de futuro, insinuado a lo largo de los pabellones, está lejos de ser definitivo y cerrado. El futuro, en Tecnópolis, recién empieza.
Luego de la fallida Exposición de 1960, Jorge Romero Brest escribió una reseña del evento para la Revista de Arquitectura (enero, 1962). En ella intentaba explicarse los motivos por los que la Exposición no había logrado atraer al público, y en su diagnóstico recurre a ideas que poco después impulsaría la vanguardia ligada al Instituto Di Tella, sobre un arte de acción y participativo (“De modo que si los organizadores de exposiciones  quisiesen insistir (…) deberían comprender ante todo que los productos expuestos no serán vivientes mientras no se los presente de modo que pueda colaborar el público”). Leída hoy, aquella reseña es un elogio a destiempo de las estrategias desplegadas por Tecnópolis. Pero también, una crítica certera. La mirada visionaria de Brest “señala” una omisión flagrante de la Feria de Villa Martelli: la de Marta Minujín, en quien la Feria halla —aunque no lo sepa— una fuente inspiradora, en la senda de sus célebres mega-instalaciones como el Obelisco de Pan Dulce y el Partenón de Libros. Obras pensadas como diálogos con el imaginario de su época, inefables invitaciones a saldar deudas simbólicas, en un sentido para nada alejado al que Tecnópolis ensaya por estos días.


El autor nació en Buenos Aires en 1980. Es licenciado en Letras y becario del Conicet. Compiló y tradujo la antología :(){ :|:& };: Internet, hackers y software libre (2004). Co-edita la revista digital Planta y administra el blog diariodeunviajeamisiones.blogspot.com