Más de 299.792 kilómetros por segundo | Por Pablo Francescutti

Aunque ya fue puesto en duda, el descubrimiento reciente de que los neutrinos superaron, en un final cabeza a cabeza, la velocidad de la luz reeditó las viejas fantasías sobre los viajes temporales. Pero a no entusiasmarse con alimentar dinosaurios, que el tiempo sea relativo no significa que sea reversible y, si venimos viajando en él,
lo seguiremos haciendo como siempre: paso a paso 
y hacia adelante.

neutrino_luz3

Fotos: Héctor Río

La noticia recorrió el mundo rauda como un rayo: ¡los neutrinos son capaces de correr a más de 299.792 kilómetros por segundo! Los cimientos de la física temblaron: ¡las ínfimas partículas elementales habían refutado al mismísimo Einstein! El campeón de los sabios lo había dicho bien claro: nada ni nadie puede viajar más rápido que la luz. Pero esa barrera saltó en pedazos, por decirlo a la manera hiperbólica de los medios. La célebre fórmula E=mc2 quedó tocada en lo relativo a la “c” de la ecuación (la velocidad lumínica); y tan tocada que hasta la banda de los Corrigan Brothers se pregunta en su canción “Einstein and the Neutrinos”, “¿Sigue siendo E igual a mc al cuadrado?”
La conmoción se originó el pasado 22 de septiembre, en el Consejo Europeo de la Investigación Nuclear (CERN), el “santuario de la física” alzado en Ginebra durante los años del furor atómico. Congregados en el equipo Opera, sus sumos sacerdotes informaron a la humanidad que los neutrinos enviados por un túnel hasta un detector sito en el monte Gran Sasso, a 730 kilómetros de distancia, le ganaron la carrera a la luz.
En este final cabeza a cabeza la foto finish la aportaron los GPS de alta precisión y los relojes atómicos del CERN: según sus registros los neutrinos superaron la velocidad con que la luz corre por el vacío en un 0,002 por ciento, una ventaja de 60 nanosegundos (un nanosegundo es la mil millonésima parte de un segundo). En otras palabras, cuando los neutrinos alcanzaron el Gran Sasso, los haces lumínicos iban 20 metros detrás de ellos.
El lector ya se habrá preguntado qué corno son los neutrinos. Pues bien, las susodichas partículas deben su nombre a un peculiar atributo: su carga eléctrica es cero (neutra). Endiabladamente escurridizas, se escabullen incluso a través de la materia. Sí, tal como lo oye, amigo lector; es más: en el instante en que usted lee estas líneas está siendo acribillado por una lluvia de neutrinos, sin que lo advierta y sin que lo dejen sembrado de agujeros. Por su naturaleza furtiva se han convertido en el confesado objeto de deseo de los físicos ambiciosos. Barruntan que, de atrapar un neutrino, sabrán obligarle a cantar secretos fundamentales del microcosmos y, por extrapolación, del macrocosmos.
Con el hallazgo del CERN las expectativas se desataron. ¡Los neutrinos nos descubrirán nuevas dimensiones del universo!, clamaron los entusiastas. Y más: ¡Los emplearemos para transmitir señales por el éter y así nos librarán del cablerío para siempre! Por si esto fuera poco, añadían, exultantes: ¡los neutrinos nos permitirán viajar por el tiempo!

Ante esas lucubraciones la comunidad científica reaccionó con cautela y escepticismo (en las cafeterías de los centros de investigación, los chistosos colgaron carteles en defensa de la ortodoxia: “Prohibido el ingreso a neutrinos que viajen más rápido que la luz”). El circo mediático, por el contrario, se apuró por estrenar un nuevo numerito, la travesía espacio-temporal, que mantuvo entretenido al público durante varias funciones.
De acuerdo, ya sabemos cómo es la prensa; ¿pero qué hay de cierto en las afirmaciones? Hablando con propiedad, siempre estamos viajando en el tiempo, pero en una sola dirección: hacia adelante. Sin embargo, la teoría de la relatividad contempla la posibilidad de variar el ritmo de viaje. Ralentizar el tiempo vivido sería posible si nos moviésemos a velocidades próximas a la de la luz (¿se acuerdan de aquella querida película, El Planeta de los simios, cuyos astronautas volvían a casa después de una travesía que a bordo duró 18 meses, mientras en la Tierra habían transcurrido 2006 años? Pues eso). Nada que ver con incursiones en el pasado. Quien enfile esa dirección se estrellará sin remedio contra la segunda ley de la termodinámica, según la cual la cantidad de entropía aumenta con el tiempo, o, dicho en román paladino: de la ceniza no resurgirá el leño. Que el tiempo sea relativo no significa que sea reversible. De lo que se sigue el corolario: si algún día armamos una máquina del tiempo con el tanque lleno de neutrinos, su palanca de cambios tendrá varias velocidades, pero no una marcha atrás.

En los entornos científicos, especular con hipotéticos viajes temporales tiene sentido: se trata de realizar gedanken experimenten: experimentos mentales aptos para explorar, en escenarios extremos e imaginarios, los límites conceptuales de la física de altas energías y en especial el comportamiento de esa fauna misteriosa, las partículas subatómicas.
Mucho más curioso es el auge que una idea tan bizarra ha cobrado en la cultura popular. Cualquier mocoso entiende perfectamente en qué consiste la máquina del tiempo a la que se sube Bart Simpson para hacer alguna de las suyas. Esta comprensión casera de un concepto tan contraintuitivo resulta de lo más sorprendente. En otras páginas vinculé su popularidad al influjo de la novela de ciencia ficción publicada por el gran Herbert G. Wells en 1895. En The Time Machine el escritor británico echó a rodar la fantasía de un control por medios técnicos de la aceleración y la regresión temporal. Su visión calaría hondo en la imaginación de nuestra época, pues sintonizaba de pleno con el sueño de la sociedad burguesa de mover a piacere la palanca de la historia.
Otra influencia crucial: la invención del cinematógrafo ese mismo año. El aparato de los Lumière, con movimientos aberrantes como el acelerado, el ralentí o el rebobinado, nos precipitó en un abismo metafísico. Al transformar el efecto en causa, mostró cómo las hojas muertas subían a colocarse en las ramas, la flor marchita devenía yema y todo reemprendía el viaje a la semilla. Ante sus fascinadas audiencias, el cine distorsionó el tiempo a su antojo, coadyuvando a la labor de zapa iniciada por la física relativista (de ahí a los relojes licuefactos de Dalí no habría más que un paso). En la conciencia colectiva la vulgata einsteniana se mezclará con la máquina de Wells, consagrando el entendimiento de la temporalidad como una cosa elástica, reversible y manejable.

En el arte, en la cultura, el viaje temporal también ha servido para experimentos mentales, en concreto, experimentos con la historia (¿qué ocurrirá si alteramos el pasado?, ¿qué pasará si intervenimos en el futuro?). No es raro: historia y tiempo son armazones intelectuales que utilizamos como marcos de referencia para relacionar hechos y movimientos; constructos a los que hemos dado vida propia a base de cargarlos de poderes simbólicos, míticos, etc. En sociedades como las nuestras, distinguidas por una altísima complejidad temporal y en donde las abstracciones más abstrusas impregnan el habla común, los ficticios viajes en el tiempo y sus paradojas constituyen a la vez un efecto, una toma de conciencia y un acicate de esa complejidad.
Se entiende que nos enganchemos con esos juegos mentales. ¿Quién no ha soñado con volver al pasado, sea para corregir errores personales, ahogar en la cuna a su villano favorito, o evitar un fiasco profesional? Yo, por ejemplo, he querido remontar el tiempo, abochornado por un artículo mío sobre un experimento con un fotón que llegó a destino antes de haber salido. El ensayo fue refutado más tarde, pero no es eso lo que me avergonzó, sino el hecho de que la noticia acaparase toda la primera plana. No me consultaron para ello, y por eso, al ver al día siguiente la portada del periódico con el titular catástrofe El viaje en el tiempo es posible, pedí a los dioses que me abrieran un Túnel del Tiempo ahí mismo, en la redacción. Quería volver a la víspera para convencer a los jefes de que quitaran tamaña patraña. Pero dudo que lo hubiese conseguido.
Al cierre de esta edición, una nueva prueba en el CERN ejecutada por un equipo llamado Ícaro, ha cuestionado el sensacional anuncio sobre los neutrinos. Al parecer, su maratón no liberó tanta energía como exigiría el marcaje del formidable récord. La desmentida ha caído como un balde de agua fría sobre quienes ya planeaban ir a darle maníes a los dinosaurios, o a visitar a sus recontratataranietos. A estos viajeros frustrados les aconsejo que no se dejen desanimar: en un foro de Internet me he enterado que los supuestos físicos del equipo Ícaro son en realidad emisarios del futuro. Se rumorea que han venido a impedir a una humanidad todavía inmadura el acceso a la tecnología del viaje temporal. En el mañana temen que si nos montamos a los neutrinos haremos una barrabasada en la cronoestructura, y por eso el prematuro descubrimiento debe ser desacreditado. Y parece que lo han conseguido. Por ahora. Tiempo al tiempo.


El autor nació en Rosario, en 1961, reside en Madrid. Es licenciado en Antropología Sociocultural, periodista, docente e investigador en la Universidad Rey Juan Carlos, y secretario de la Asociación Española de Comunicación Científica.