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El diario de Inés. Capítulo 3

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 3. Bienvenida a Rosario

Cuando recibí la beca, contacté con el único rosarino que conocía: un antiguo profesor de teatro que había viajado hacía más de diez años a España con su compañía teatral, y finalmente decidió instalarse y montar una escuelita de arte dramático y de tango en la ciudad de Salamanca. Durante mi último año en esa ciudad, tuve el enorme placer de tomar un taller de actuación en esa pequeña escuela.

Aunque habían pasado ya casi cinco años de aquella experiencia y apenas habíamos vuelto a hablar desde entonces, no dudé en contactar con Martín para que me contara curiosidades sobre Rosario y, también, para que me aconsejara en la búsqueda de alojamiento. No lo podía creer cuando me dijo que sus padres tenían justamente una casita en alquiler, ideal para una persona, en un barrio llamado “Pichincha”. Por las fotos, parecía una casita agradable, sin grandes lujos, pero equipada con todo lo necesario para poder vivir a gusto durante toda mi estancia en Rosario.

Investigando, me informé de que, a pesar de su pasado prostibulario Pichincha era hoy en día un barrio con mucha vidilla cultural. Además, la casa estaba a tan solo media hora caminando del Centro Cultural Parque de España. De modo que, por supuesto, acepté la oferta y firmamos el contrato en la distancia. Me daba una tranquilidad enorme saber que al llegar tendría un hogar esperándome. Además, me entusiasmaba la idea de volver a vivir sola.

Como habíamos estado en contacto permanente durante el mes previo a mi llegada, el encuentro con los padres de Martín, Juan Carlos y Noemí, me pareció una reunión de viejos conocidos. “No hizo falta cartel para reconocernos”- dijo sonriendo Juan Carlos.  Como los dos son altísimos prácticamente tuvieron que agacharse para saludarme. Noemí fue la primera en darme un gran abrazo y en preocuparse, como una madre, por si había dormido y comido algo durante el viaje. Me ayudaron con las maletas y Juan Carlos se ocupó de acercar el coche para que no tuviéramos que caminar demasiado. Me divirtió el sorprendente parecido entre Martín y su padre, ambos altos y delgados, con la nariz grande y una sonrisa afable. Incluso compartían gestos y andares parecidos.

Me di cuenta cómo mi cuerpo se resintió por el golpe del calor nada más salir del aeropuerto. La sensación de humedad me recordó a algunos pesados veranos en Barcelona. Mi ciudad, sin embargo, se encuentra prácticamente en el centro de España, donde las temperaturas estacionales son extremas, pero bastante secas. Acababa de llegar del gélido invierno burgalés al pegajoso bochorno del verano rosarino. Eran las 9 de la mañana y tras 17 horas de viaje, tocaba comenzar un nuevo día. Me sentía un poco aturdida por el jet lag y por la falta de sueño, pero la adrenalina de la llegada me mantenía con energía.

Lo primero que hicimos fue ir a mi casa a dejar todo el equipaje. En el trayecto, tras relatarles todos los detalles del viaje, de ponernos un poco al día y de mandarle a Martín una foto que testificara la llegada, me hablaron sobre todas las complicaciones que traía el cambio de divisas en el país. Existía el cambio oficial, pero también el cambio “blue”, que era mucho más alto por la demanda de moneda extranjera en el país… No me daba la cabeza para hacer cuentas así que decidí, que, para los primeros días, les cambiaría a ellos una pequeña cantidad de efectivo.

Recorrimos algunos barrios periféricos hasta llegar a la casa. Inevitablemente, la estructura cuadriculada de la ciudad, la mezcla de colores, la variedad de arquitecturas que combinaban edificios nuevos y viejos, altos y bajos y la tendencia a la edificación en dispersión me recordó a los barrios en los que había vivido durante mi estancia en Santiago de Chile.

Finalmente, llegamos a mi nuevo hogar. La primera señal positiva -y a la vez peligrosa, por su tentadora invitación diaria- fue encontrar un restaurante chino justo enfrente del portal. Un poquito más allá distinguí una frutería y un quiosco con un letrero que decía “vendo pan y leche”. Todas mis necesidades básicas quedarían cubiertas a menos de cien metros de la puerta de mi casa.

Se trataba de una casita de pasillo toda pintada por fuera de color verde. Su interior constaba de dos plantas: abajo una cocina mínima, el baño y un comedor, y en la parte de arriba, a la que se accedía a través de unas escaleritas de caracol, estaba el dormitorio, que parecía más grande y luminoso que en las fotos. Toda ella resultaba muy acogedora: sus altos techos, cruzados con vigas de madera, las paredes limpias, recién pintadas de blanco. La puerta y la ventana, también de madera algo envejecida, ocupaban casi toda la fachada, permitiendo que la luz inundara todas las estancias. Comunicaban con un pequeño patio, en el que había un lavadero y un jardincito plantado con roelias, cactus de aloe vera y otras flores no identificadas. Entre las plantas distinguimos un huequito de tierra escarbada y Juan Carlos me contó que varias vecinas del pasillo tenían gatitos, así que no debía asustarme si recibía la visita furtiva de algún felino.

Noemí y Juan Carlos, habían tenido el detalle de proveerme de algunas cosas básicas para los primeros días: algo de verdura y de fruta; café, algunas bolsitas de té, aceite, vinagre, sal, y unos sobres con especias; productos de limpieza, jabones en el baño, y menaje de sobra para una persona. Incluso habían tenido la delicadeza de dejarme una cajita con palos de incienso y un pequeño quemador de madera con la forma de un búho. Sentí que tenía unos padres argentinos estupendos, a los que podría acudir en caso de cualquier emergencia. Sabiéndome tan lejos de toda mi familia, me alivió sentirme cuidada y acompañada, así que le escribí a Martín para contarle que desde aquel momento seríamos “hermanos putativos”.

Tras acompañarme a realizar unos trámites para conseguir un número de teléfono argentino, y gestionar la instalación de internet en la casa, me dejaron un ratito para descansar antes de asistir al gran evento que tendría lugar esa misma tarde, el acto del presidente Alberto Fernández, que había llegado a la ciudad el mismo día que yo. Algunos carteles que pude observar por la calle repetían la consigna: “Todos al Monumento”.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 24/4 - Sáb. 25/4

Hora

08:00 - 18:00

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Publicado el viernes 24 de abril de 2020.