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El diario de Inés. Capítulo 5

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario

Capítulo 5. 

Asomarme al Paraná

Tras el acto, Juan Carlos y Noemí se marcharon a descansar y yo decidí acercarme a la costanera del Paraná, a la altura del Centro Cultural Parque de España, para poder ubicarlo sin problemas en mi primer día de trabajo.

El parque, que recorre la vereda del río a la altura del centro, estaba repleto de familias que disfrutaban del atardecer veraniego. El calor había bajado ligeramente y la gente se echaba a la calle para aprovechar las últimas horas del día.

Me senté a descansar en el césped. Se veían grupos en círculo charlando en torno a un mate, algunos deportistas recorrían los caminitos que surcaban el parque y había quienes leían bajo la sombra de las palmeras. A mi lado, una pareja practicaba posturas imposibles de yoga acrobático. Llamaban la atención unos árboles de tronco ancho y barrigudo que poblaban el parque. Sus flores enormes iban desde el rosa fucsia al violeta, y sus frutos, grandes y ovalados se parecían al aguacate. Investigando después descubriría que popularmente se les conoce como Palo Borracho.

Pese a ello tuve que dejar de atender a la vegetación: la panorámica del río desde el parque era sobrecogedora. En mi vida había visto cosa igual. El espesor del Paraná ocupaba varios kilómetros de anchura; un manto marrón cuya extensión se perdía a ambos extremos del parque y se alejaba en el horizonte. Lo que se veía al otro lado ni siquiera era la margen opuesta del río, sino islas y humedales, poblados de vegetación. Supe que ese paisaje pertenecía a otra provincia, por cierto con un nombre muy oportuno: Entre Ríos.

Enormes buques de carga navegaban lentamente por los canales centrales, donde el cauce alcanza su mayor profundidad. Cada tanto alguna lancha a motor, un pequeño velero o incluso varias motos de agua, cruzaban en dirección a las islas.

Me acordé de aquellas clases de geografía en la secundaria, tratando de memorizar todos los ríos del continente americano. Teníamos un profesor que, para motivarnos a estudiar, organizaba concursos, en los que por equipos debíamos acertar el mayor número de accidentes geográficos en un mapa. Recuerdo perfectamente como en una de las rondas finales, mi equipo tuvo que adivinar el nombre de ese río enorme que nacía en Brasil, rodeaba el sur de Paraguay y desembocaba en Argentina en el Río de la Plata. Y ahora tenía en frente el mismísimo Paraná.

Había vivido en Granada y en Santiago de Chile: el Río Darro de la primera y el Mapocho de la segunda tenían unos caudales ridículos. En temporada de sequía sus cauces incluso llegaban a extinguirse en algunos tramos.  En comparación con estos, el Duero, que daba nombre a mi pequeña ciudad -Aranda de Duero- parecía un río hecho y derecho, y a su paso por la misma tenía una anchura nada despreciable de unos 25 metros. Sin embargo, junto al Paraná, el Duero parecía apenas un riachuelillo.

Traté de acercarme lo máximo posible al agua, bajando las escalinatas que llevaban a la entrada del centro cultural. Me acomodé en uno de los bancos de la explanada que miraban al río. Empezaba a anochecer y los mosquitos estaban bravos. El cauce navegaba tranquilo, y a ratos se escuchaban leves saltos en el agua. Aunque traté de fijarme, no alcancé a distinguir ningún pez. Algunos pescadores aprovechaban las últimas horas de luz para su faena.

Noemí me había contado que había playas a lo largo de la costanera donde la gente acostumbraba a bañarse. Sin embargo, ella y Juan Carlos, ambos médicos y prudentes, se mostraban reacios por miedo a las mantarrayas y a las palometas. Yo no tenía ni idea de que pudiera haber mantarrayas en los ríos, pues siempre las había visto en documentales sobre el mar. Y cuando busqué en el móvil la foto de una palometa para averiguar lo que era -un pez de dientes afilados parecido a la piraña- se me quitaron a mí también las ganas de meterme en el agua, a pesar de que el calor sofocante invitaba insistentemente a un buen chapuzón.

En el fondo sabía que en cuanto tuviera la oportunidad, probaría a zambullirme en las aguas del Paraná. Nací humana pero en el fondo soy un bicho de agua. La natación es una de mis mayores aficiones y cada vez que tengo la oportunidad de visitar el mar soy capaz de pasar horas y horas buceando, a pesar del frío y de la piel arrugada.  

Se hacía de noche y me habían avisado de que no convenía deambular sola por las calles del centro así que busqué la calle Salta, preguntando, para llegar a mi casa. Cuando me tumbé en la cama, caí rendida. Al día siguiente me tocaría hacer los primeros recados y compras básicas. Al fin conocería mi célebre barrio, El Barrio Pichincha. 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 8/5 - Sáb. 9/5

Hora

08:00 - 18:00

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Publicado el viernes 8 de mayo de 2020.