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El diario de Inés. Capítulo 6

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 6. El barrio Pichincha

Al llegar a un país nuevo, cualquier actividad básica se convierte en toda una aventura: pagar con billetes y monedas de valor desconocido; utilizar los medios de transporte locales e incluso pasear por las calles, recorrer el propio barrio por primera vez.

No me gusta la sensación de saberme extranjera, y a pesar de no poder ocultar que soy española -algo inocultable cada vez que abro la boca-, en mis primeras incursiones por el barrio traté de camuflarme entre la masa urbana como una rosarina más.

Antes de llegar había investigado sobre el barrio Pichincha. Emplazado entre algunas de las avenidas más relevantes de la cuadrícula que conforma la ciudad: la Avenida Francia, el Bulevar Oroño, la calle Tucumán y el río, lo que destacaban todas las páginas web que visité era su pasado prostibulario, especialmente relevante a principios del siglo XX, por su particular ubicación, cercano al puerto y a la estación de ferrocarril.

Paseando por sus calles descubrí varios edificios, antiguos burdeles que aún conservaban la esencia de aquel pasado emblemático. Algunos estaban cerrados a cal y canto, pero otros se adivinaban habitados, por las plantas y la ropa tendida que colgaba de sus balcones. El paso del tiempo había deteriorado parte de sus fachadas y llamaba la atención cómo convivían armoniosamente junto a otras edificaciones más modernas, a grafitis coloridos y a negocios del barrio. Algunas esquinas estaban decoradas con guirnaldas de bombillas. A pesar del batiburrillo de estilos, o precisamente por él, encontré cierto encanto en aquellas calles por las que paseaba por primera vez. Hoy en día parecía que el barrio había logrado reinventarse, conservando su agitada vida nocturna. La oferta gastronómica que propone a residentes y visitantes ha convertido a Pichincha en barrio de moda.

Recorriendo las calles hacia el río, encontré varios bares de cerveza artesana con terrazas que inundaban las aceras, y en un radio de dos cuadras desde mi casa, tropecé con restaurantes chinos, italianos, japoneses y, por supuesto, argentinos, así como con tiendas de productos ecológicos, comercios de delicatessen con productos de importación y tiendas de alimentos sin gluten.

Sin embargo, y a diferencia de los barrios gentrificados por antonomasia de Madrid como pueden ser Malasaña o Chueca, o Sant Antoni en Barcelona, enseguida me di cuenta de que en Pichincha se respira auténtica vida de barrio.

Además de todos esos establecimientos tan modernos, lo que predominan son negocios hechos para las necesidades de sus vecinos. Hay fruterías en cada esquina, carnicerías cada dos cuadras, ferreterías, quioscos, farmacias, lavanderías, tiendas de ropa y supermercados con productos básicos. También encontré pequeños gimnasios, algunas salas de teatro, una biblioteca barrio y un par de librerías.

Mientras el frutero de la esquina me atendía, varios vecinos que pasaban por delante le preguntaron cómo iba la faena, deseándole un buen día; y en el supermercado, algunos clientes saludaban por el nombre de pila a las cajeras. Daba gusto observar ese trato tan cercano. Necesitaba unas pantuflas, así que me acerqué a una zapatería que había a una cuadra de mi casa. La tendera me puso al día de su vida en media hora de charla. Su abuela, que ya había fallecido, también era española, natural de un pueblo de la provincia de Salamanca y había venido exiliada a Rosario. Junto con su marido habían regentado esa zapatería durante más de treinta años y tras su madre, ella había heredado el negocio. Me habló de lo caro que se había puesto el alquiler, de que la propietaria del espacio ya era una mujer muy mayor y me contaba con cierta pena que no sabía si podría seguir alquilándolo o si sus hijos decidirían venderlo. Me ayudó con los billetes a la hora de pagar -aún no tenía controlado su valor- y prácticamente nos despedimos con un abrazo.

Volví a casa con una extraña sensación de familiaridad, inesperada para llevar tan solo dos días en Argentina. Dediqué el resto de la tarde a relajarme en casa. Estaba algo nerviosa porque al día siguiente comenzaría por fin mi trabajo en el Centro Cultural Parque de España.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 15/5 - Sáb. 16/5

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Publicado el viernes 15 de mayo de 2020.