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El diario de Inés. Capítulo 1

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

 

Capítulo 1 

Una buena noticia

Cuando salió la convocatoria para prácticas de gestión cultural en el extranjero, aún no sé muy bien por qué, puse como primera opción de destino Montevideo. Se me hacía que Uruguay era un país más pequeño, más abarcable, y quizás por ello me producía menos vértigo, pues siempre he vivido en ciudades medianas que no superan el millón de habitantes. Por otra parte, Uruguay estaba dentro de los quince países con las democracias más consolidadas del mundo, incluso por delante de España. Además, me caía muy bien Pepe Mujica. Su rica historia y una mejor literatura –más allá de mi devoción por Jorge Drexler y Onda Vaga– terminaban de cerrar la lista de argumentos. 

Después de todo, aún había que ganar la beca. Quizás, por ello, cuando leí en la resolución final que mi destino era Rosario, me alegré como si hubiera sido mi primera opción. En mi cabeza, Argentina se parecía a Uruguay, pero en gigante.

Reconozco que lo primero que tuve que hacer fue ubicar la ciudad de Rosario en el mapa. ¿Exactamente dónde quedaba Rosario? Wikipedia arrojó un poco de luz y descubrí que era la cuna de Fito Páez y Lionel Messi. En el mapa comprobé que la ciudad se ubicaba junto al Paraná, un descomunal río que “con una longitud de 4880 km, es el segundo río más largo de Sudamérica, detrás del Amazonas” —aclaraba la entrada—. Me llamó la atención que la ciudad descansara sobre un solo costado del río; en Europa, normalmente, los ríos parten las ciudades por la mitad. Lo entendería meses después, asomada por primera vez al Paraná y a sus dimensiones. Ese primer contacto con el río dará para un capítulo completo.

Por lo demás, había estado una sola vez en Argentina, cinco años atrás, cuando viví en Chile durante una temporada. Como necesitaba salir del país para poder volver a ingresar como turista porque mi visa caducaba, viajé con unas amigas en autobús desde Santiago de Chile hasta Mendoza. Aunque estaba acostumbrada a la vista general de los Andes desde la capital chilena, el paso que atravesaba por carretera la cordillera andina, toda nevada, era imponente. El autobús se deslizaba lentamente a través de las cerradas curvas que rodeaban las montañas, y daba la impresión de que un mínimo error de cálculo del conductor podría ser fatal. Llegamos, a pesar de la aventura, sanas y salvas a Argentina.

En principio, iba a ser un viaje corto, de ida y vuelta en prácticamente dos días, pero horas antes de emprender el regreso, cayó una nevada monumental y se cancelaron todos los viajes en autobús para cruzar la frontera de vuelta. Así que nos quedamos felizmente atrapadas en Mendoza durante una semana. Nos recuerdo bebiendo buen vino, degustando excelentes quesos y embutidos e “iniciándonos” en la cultura del mate gracias a un grupo de chicas con las que coincidimos en el hostal, que se dedicaban a comprar ropa en Chile y venderla en Argentina.

De modo que mi impresión de este país era apenas eso, una impresión. Ir a vivir allí casi un año merecía “profundizar” un poco. Así que me puse a investigar sobre aquel país que me esperaba pronto, al otro lado del océano. Pedí por internet un libro: Breve historia contemporánea de la Argentina 1916-2016, de Luis Alberto Romero, editado por el Fondo de Cultura Económica.

El título prometía darme información sobre todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI, pero su lectura me resultaba tan tediosa, que me di por vencida a las diez páginas. Apenas saltaban de vez en cuando algunos conceptos que se repetían como peronismo, radicalismo, kirchnerismo, macrismo. Cuando le comenté a un buen amigo chileno que me iba a Argentina, me dijo: “considérate afortunada si en esos diez meses que pases allá, consigues entender mínimamente cómo funcionan la economía y la política argentinas”.

A ratos, sintonizaba radios locales para ir haciéndome al acento rioplatense y para ponerme al día de la actualidad del país. No me resultó difícil, ya que los españoles tenemos cierta debilidad por el acento argentino, por su musicalidad, y su cadencia. Los argentinos tienen cierta fama, todo el mundo lo sabe. Decidí no dejarme llevar por generalizaciones; siempre que lo he hecho me he terminado equivocando.

Así que me centré en lo mío, en lo que me gusta: la literatura. Durante la carrera –había estudiado Filología Hispánica entre Salamanca y Granada– me había familiarizado las obras y las figuras cumbre de la literatura Argentina: leí el Martín Fierro de Hernández, El Matadero de Echeverría, algunos poemas de Alfonsina Storni, un libro de cuentos de Silvina Ocampo, Rayuela de Cortázar, algunos relatos de Borges, poesía de Alejandra Pizarnik… Más recientemente, me había interesado por los inquietantes cuentos de Samantha Schweblin y por la irreverente y contestataria narrativa de las novelas de Gabriela Cabezón Cámara. Quise ponerme al día con algo más actual, así que encargué en la librería de mi pueblo algunas obras de Mariana Enríquez y de Ariana Harwicz. También le dediqué un tiempo al cine, justificando así una maratón de Ricardo Darín. 

Así pues, mi viaje iniciático hacia el corazón de la cultura argentina me sirvió de excusa perfecta para pasar horas procrastinando y para tratar de calmar la ansiedad, durante los dos largos meses que faltaban para El Gran Viaje. 

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

Fecha

Vie. 10/4 - Sáb. 11/4

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Publicado el viernes 10 de abril de 2020.