#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 27

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.
Capítulo 27. Clases de tango
Fue Meli quien me habló de las clases de tango del QTP. Tenían lugar en un pequeño centro cultural, llamado Qué te pasa, que, además, para mi sorpresa, quedaba a tan solo un par de cuadras de mi casa. Había caminado muchas veces por esa esquina, pero me había pasado totalmente desapercibido. Se trata de un edificio antiguo reformado, con diferentes espacios en su interior, diseñados para impartir clases. Justo antes de que estallara la pandemia en sus redes sociales promocionaban talleres de teatro, percusión, danza folklórica, escritura creativa, xilografía, guitarra, charango, gimnasia o incluso kung fu.
Al investigar un poco sobre la historia del espacio, a través de las compañeras del taller de baile, supe que el QTP había nacido cuatro años atrás como un proyecto fundado desde una perspectiva “nacional, popular y latinoamericanista”, con eje fundamental en la participación solidaria. Me contaron que el QTP “se concibe como un espacio donde las personas que lo habitan puedan realizarse individualmente para lograr un objetivo común: el funcionamiento de un centro cultural anclado en los valores de honestidad, compromiso y fraternidad”. Desde el centro consideran sumamente valioso el aporte que hace cada persona que decide acercarse al espacio y abren las puertas de manera natural a quien disponga de su tiempo para el compromiso social y colectivo.
Así que cuando Meli me habló del espacio y me contó que ella tomaba allí clases de tango inmediatamente le pedí el contacto de la profesora para comprobar si quedaba alguna plaza en el taller. ¿Qué mejor manera de empaparme de la cultura local que aprender algo tan genuinamente argentino como bailar el tango?
Las clases se imparten en un amplio espacio diáfano en la planta baja del centro cultural. Al fondo de la sala hay un montón de sillas de madera apiladas en aparente desorden, conformando una suerte de estructura en escalera que llega hasta el techo. En los muros de la sala, además de las siglas del espacio, se dibuja mediante agujeros perforados en la madera que cubre la pared la figura de un pira pitá, una especie de salmón común de los ríos de la Cuenca del Plata. En el centro de la sala se abre un amplio espacio a modo de pista de baile, sobrevolado por una red de guirnaldas con bombillitas.
Yo había tomado antes algunas clases de tango en Salamanca con Martín -el hijo de mis caseros-, y su pareja Lola. Recuerdo esas clases con mucho cariño. Habían apodado Tango Nómada a su taller, y en él las reglas del tango clásico se desvanecían. No había hombre o mujer, sino “leader” y “follower”, y los roles hegemónicos de los géneros quedaban desdibujados. En esas clases convivían aprendices de todos los niveles y tras cada sesión, todo el mundo llevaba algo rico para picotear y compartir antes de la milonga de rigor. De este modo una podía tomarse un vinito entre tanda y tanda para recuperar las fuerzas. Lástima que solo pude tomar clases durante un par de meses antes de marcharme de Salamanca. Y de eso hace ya más de cinco años.
Así que cuando llegué a QTP volví a sentirme una principiante absoluta. Me encantó que la dinámica de las clases fuera tan parecida a las de Salamanca, condicionada eso sí, por los protocolos sanitarios que requería el contexto de la pandemia. Solo habría clase y no milonga posterior.
María y Facundo son los profesores. María marca los ejercicios, tanto durante el calentamiento como en las clases. Su presencia física es una maravilla, se mueve con una ligereza absoluta. Al ser también profesora de pilates, tiene un conocimiento muy completo de la fisionomía del cuerpo y es capaz de transmitir las sensaciones corporales en la danza con metáforas muy precisas. Facundo, bastante más joven y excelente bailarín, aporta a las clases el toque de humor con sus bromas constantes, aunque siempre atento, a los movimientos de cada participante para encaminarlos cuando se hace necesario. Lo cierto es que ambos son muy amorosos, y desde el primer momento, me hicieron sentir completamente integrada al grupo.
La pandemia también ha logrado modificar la forma más clásica del tango, el abrazo que comparte la pareja que baila. La posición en el abrazo es fundamental para la comunicación entre los bailarines. Para que el movimiento fluya y no haya tironeos ni malentendidos, la escucha física de los cuerpos tiene que ser muy atenta. Hay una comunicación que parte de la espalda del “leader” y que se transmite a la pareja a través de los hombros, de los brazos y de la actitud corporal. Es esencial que ambos mantengan la posición base, para que esa comunicación fluya. Entre los cuerpos se crea un centro de equilibrio que debe permanecer intacto a través de los movimientos. Resulta difícil explicar la sensación del abrazo con palabras.
Por protocolo y para evitar un contacto tan directo, empezamos a bailar con un palo de madera de por medio, sostenido horizontalmente por los dos miembros de la pareja. En lugar de abrazarnos al compañero, entre ambos sosteníamos el palo, sin que nuestros cuerpos se tocaran. Y para evitar mayores riesgos, bailábamos durante toda la clase con la misma pareja.
Al principio de las clases hacíamos siempre una suerte de calentamiento para desentumecer el cuerpo. En esos ejercicios, María y Facundo nos enseñaban a escuchar los tempos de la música y a acompasar nuestros movimientos a los diferentes ritmos del tango: el tango clásico, la milonga y el vals. También en esos ejercicios, conocí el chamamé, un estilo de música propio de la zona de Corrientes y del nordeste argentino.
En la primera parte de las clases trabajábamos distintos movimientos técnicos de manera individual para aplicarlos después a la danza con la pareja. Partíamos con pasos básicos como el cuadrado, la salida del cuarenta o los clásicos ochos, y trabajamos corporalmente con los conceptos de suspensión y disociación, fundamentales en todas las figuras de la danza. Al ver las figuras en los cuerpos de María y Facundo, todo parecía muy fácil, pero la cosa se complicaba cuando tratamos de reproducir esos movimientos.
Reconozco que por ser la más inexperta del grupo, a ratos me sentía un poco torpe. En una clase me bloqueé cuando nos tocó intercambiar los roles en las parejas y tuve ejercer el rol de “leader“ con un compañero que llevaba ya varios años bailando. Me resultaba tremendamente complejo proponerle los pasos. Al notar mi bloqueo, María vino en mi ayuda: “no trates de hacer figuras complicadas, con caminar escuchando la música es suficiente para empezar.” Traté de sacarme la tensión del cuerpo y hacerle caso. Empecé a prestarle más atención a la música. Por momentos dudaba, pero poco a poco conseguí relajarme y comencé a investigar cómo podía hacer para que mi compañero me acompañara mis movimientos. “No miren al piso” nos avisaba cada tanto María. Y ciertamente, ese pequeño consejo ayudaba a alejarse del plano mental y a sentir más fácilmente la música y al otro.
Resulta muy interesante la complicidad que se crea con el otro cuerpo que baila. Si bien es un placer dejarse llevar por alguien que controla perfectamente la técnica, también resulta muy estimulante bailar con otro cuerpo inexperto, y explorar entre ambos los movimientos desde un lugar más libre.
Ante la agudización de la pandemia el QTP, tuvo que cerrar sus puertas. Claro que seguimos en comunicación, deseosas de poder retomar cuanto antes las clases, siempre y cuando las circunstancias lo permitan.
Mientras eso llega sigo explorando rinconcitos de la ciudad. La semana pasada pude conocer otro espacio que rebosa militancia y compromiso social: El mercado de La Toma.
*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.