Pensar las imágenes desde una mirada feminista o las trasformaciones posibles en el campo audiovisual contemporáneo es pensar en la reescritura de la vida.
Tradicionalmente este campo ha sido herramienta de normalización y ejercicio de poder como prescriptor de las conductas y constructor de subjetividades útiles al patriarcado. En el devenir transformatorio de los modos de representación, el feminismo no sólo ha bregado por la necesidad de una revisión historiográfica para la puesta en valor de las obras de las mujeres, sino que ha abierto un camino de búsqueda incesante de nuevas (otras) imágenes.
La importancia de reconocernos en una representación o en una búsqueda de la misma que no nos violente nos lleva a la pregunta acerca de quién. ¿Quién hace las imágenes? ¿Para quién? ¿Cuáles serían las imágenes apropiadas?
Ante tales preguntas, las palabras de Audre Lorde pueden, como brújula, no plasmar un mapa a seguir, sino alertarnos acerca de cuáles coordenadas evitar en el intento de trazar un nuevo horizonte.
“Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”.
Este postulado podría atravesar de una manera sutil el entramado formal de este heterogéneo cuerpo de obras de mujeres, que proponen y mantienen abierta la búsqueda hacia nuevos caminos de expresión sobre aquello que estuvo por siglos silenciado. Es necesario, entonces, salirse de las imágenes que fueron impuestas sobre nosotras para procurar otras formas de representación, inclusive para los silencios.
Desandar las imágenes, sostenerse en la búsqueda. Dar cuenta de ello de manera palpable tanto en el collage, en la reapropiación de archivo, en el uso de imágenes de internet o publicitarias, en los registros íntimos, en movimiento, en la urgencia, en el desenfoque, en la forma de darle una corporalidad a aquella imagen confusa que quiere decir acerca de un sentimiento confuso también, tapado o negado socialmente.
En un presente de pandemia en el que casi toda nuestra vida ha devenido en imágenes y la cotidianidad ganó su lugar en el espacio público, es fundamental repensar cómo y con qué construimos sentido político en la representación de lo privado. Un sentido que no es uno sino muchos, hacer visible esta trama que una imagen esconde y ensayar una expresión que la contenga.
Esta selección constituye un pequeño y arbitrario recorrido iberoamericano por los márgenes de las representaciones hegemónicas. Allí donde la resignificación de la imagen cotidiana o el archivo, tanto personal como ajeno, da lugar a una multiplicidad de lecturas donde se retoman recorridos de indagación feminista y donde se pone a lo íntimo sobre la mesa política nombrando, desde lo personal, lo colectivo.
El tratamiento formal de estas obras es heterogéneo, pero hilado por una misma búsqueda insubordinada e incierta, de una mirada propia y de una representación que devela las contradicciones.
¿Cómo narrar lo que aún reniega de ser escuchado? ¿Qué imágenes dan cuenta de la falta de imágenes que nos representan? ¿Cómo inventaremos nuevos lenguajes que nos nombren? ¿Cómo evocar la red de sentidos de la singularidad de la experiencia? ¿Cómo pronunciar las dudas, los miedos, las denuncias, en el margen del significante esperado por el mismo sistema que oprime y fuerza a normalizar esa opresión?
Cuando renegamos de las herramientas adoptadas por el poder también exponemos la violencia de la construcción. Los sentimientos también demuestran ser expresiones de esas relaciones de poder que nos constriñen, y en el deslizamiento de estos sentidos se encuentra la posibilidad de una acción política emancipatoria. Por eso es allí, en esa tenaz reivindicación de los lazos entre mujeres, donde radica no sólo nuestra fuerza y esperanza, sino también la posibilidad de ensayar o inventar otras imágenes para otras miradas. Es decir, para otros mundos por venir, mundos posibles más justos.