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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 2

Inés Arribas es nuestra becaria Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

 

Capítulo 2

El Gran Viaje

Parece mentira, pero la mañana del 26 de febrero me levanté con la sensación de que en lugar de a la Argentina por nueve meses, me iba de excursión al pueblo de al lado. Tanta tranquilidad me resultaba desconcertante. Decidí convencerme de que mi mente estaba desarrollando algunas herramientas de supervivencia para contrarrestar la ansiedad que me había tenido paralizada las semanas previas al viaje.

Como el avión no despegaba hasta las siete de la tarde, esa mañana tuve tiempo, incluso, de hacer tareas rutinarias como ir a correos a mandar unas cartas o comprar el pan para el almuerzo. Un día de lo más normal.

Al contrario de lo que suele suceder, a mí la ansiedad consigue quitarme el hambre. Sin embargo, ese mediodía devoré la comida de mi madre, la última que saborearía en mucho tiempo: un guiso de carrilleras de cerdo con salsa de vino blanco, una de sus especialidades. La carne, en un punto perfecto, estaba tan tierna, que se deshacía en la boca. Me lamenté pensando que mis pésimas dotes culinarias me condenarían a la cocina de supervivencia durante mis meses en Argentina.

Enseguida de comer iniciamos el viaje por carretera a Madrid.

Llegamos pronto a la terminal y tras facturar las maletas –y solo después de tener que abonar, como se veía venir, el correspondiente exceso de equipaje– nos dio tiempo a tomar un último café. Notaba a mi madre inquieta, tratando de ocultar sus nervios para no contagiármelos. Mi padre estaba más cariñoso de lo habitual: –Ay, mi pingüinilla, que se nos va un año entero–. Creo que no me había vuelto a llamar así desde que tenía cuatro años.

Llegó el momento de pasar el control policial y de separarnos, y vino el abrazo, un poco accidentado por la falta de costumbre. Los castellanos somos gente de cariños contenidos. –Hasta diciembre no queda tanto y el tiempo pasa volando. No os preocupéis, todo va a ir bien –dije, tratando de convencerme a mí misma también.

En la cola del control policial casi todos eran argentinos, así que aproveché y me dediqué a escuchar conversaciones ajenas. Una pareja –ella española, él argentino– se despedía llorando, cada uno a un lado del control, en esa barrera infranqueable que separa a los que se van de los que se quedan. Por la intensidad de los abrazos, los llantos y los “te amo” infinitos calculé que estarían varios meses sin verse. No hay nada más triste que una despedida en un aeropuerto. Me alegré de no ser ellos.

La familia que estaba delante de mí, en cambio, discutía sobre la posibilidad de pasar varios kilos de jamón serrano en el equipaje de mano y burlar la aduana. La mayoría de los pasajeros eran rubios y espigados. Pensé en que quizás destacaría en Argentina por todo lo contrario.

El vuelo a Buenos Aires se demoraba unas doce horas. Tuve suerte y me tocó un asiento al borde del pasillo, lo que me daba la posibilidad de hacer infinitos viajes al baño para estirar las piernas, sin molestar a nadie. El de mi lado estaba vacío, de modo que me pasé el viaje haciendo ejercicios de contorsionismo buscando maneras en las que poder tumbarme y cerrar los ojos. Los pequeños episodios de sueño no duraban más de cinco minutos y, cada poco, alguien que pasaba por el pasillo me daba un codazo en la cabeza o en las piernas, despertándome.

Para la cena podíamos elegir entre pollo y pasta y a mí me pareció que todo estaba riquísimo. En cambio, el señor que estaba dos asientos más allá, puso cara de disgusto al destapar la bandeja de manjares. Dejó casi toda su comida en el plato y, cubriéndose la cabeza entera con una manta para esconderse de las luces, se dedicó a intentar dormir. Para evitar más emociones fuertes, yo me puse una película de dibujos animados, a la que no presté demasiada atención, y cada tanto iba comprobando en el mapa el estado del vuelo. Atravesamos el norte de África y justo cuando sobrevolábamos la puntita norte de Senegal, el avión empezó a desviarse hacia el océano.

Tras doce horas que parecieron el doble, el piloto anunció que estábamos a punto de aterrizar. Aún no había amanecido y desde una de las ventanas cercanas pude distinguir la magnitud de Buenos Aires. Las hileras de lucecitas que trazaban el mapa nocturno de la urbe se perdían en el horizonte. Las ciudades grandes me dan un poco de miedo, de modo que sentí un leve alivio de saber que ese no era mi destino final. El aterrizaje fue suave, pero yo ya estaba temblando, dominada por esa mezcla de expectación, ansia y curiosidad que supone llegar a un lugar desconocido para comenzar una nueva vida.

Por falta de costumbre, pensé que quizás las cuatro horas de escala que tenía entre vuelo y vuelo hasta tomar el avión a Rosario no serían suficientes para recoger las maletas, cambiar de terminal, volver a facturarlas, atravesar de nuevo el control policial y llegar a la puerta de embarque para el siguiente vuelo. Sin embargo, en prácticamente media hora ya estaba esperando a que anunciaran la puerta en la terminal de vuelos domésticos. Primera batalla ganada.

El wifi del aeropuerto es abierto así que a pesar de los varios libros que llevaba en la mochila para la ocasión, me pasé las cuatro horas de la escala contactando con todo el mundo. Sobre todo, con mi querida madre, que llevaba dos noches en vela por la preocupación.

Cuando por fin anunciaron el embarque del segundo vuelo los pasajeros nos pusimos en una hilera: parecíamos una familia numerosa. No sumábamos más de treinta personas y el avión, al contrario que el gigante que nos había traído hasta Buenos Aires, parecía un autobús con alas. Tardamos tan solo 45 minutos en llegar a Rosario. El paisaje desde el avión retrataba una llanura inmensa alfombrada por tierras de cultivo que por un momento me recordaron a mi recién abandonada meseta castellana. Nada que ver con la cordillera inmensa que había atravesado cinco años antes, entre Chile y Argentina.

Tras recoger las maletas, atravesé la puerta de llegada y allí estaban, esperándome sonrientes quienes serían mis caseros –los reconocí por unas fotos que había visto en Facebook– listos para darme una cálida Bienvenida a la ciudad de Rosario.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.


 

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Fecha

Vie. 17/4 - Sáb. 18/4
Finalizado

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