#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 26

Inés Arribas es nuestra becaria española y cada viernes presentará un capítulo narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 26. Nuevo confinamiento y fauna local

Lo cierto es que cualquiera podría pensar que tras el primer confinamiento de tres meses que vivimos en Rosario de marzo a junio, las últimas tres semanas de vuelta a un encierro parcial serían pan comido, al menos para quienes tenemos el privilegio de poder seguir teletrabajando desde casa. Sin embargo, reconozco que a mí se me han hecho algo cuesta arriba.

Cuando llegué, apenas viví dos semanas de lo que ahora llamamos la antigua normalidad para instalarme en mi nuevo hogar y adaptarme a los ritmos y rutinas del centro cultural. En ese breve lapso, no me dio tiempo a conocer apenas la ciudad ni a establecer demasiados vínculos, por lo que, cuando nos confinaron, realmente no tenía idea de lo que me estaba perdiendo ahí afuera. Y como dice el refranero popular, “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Sin embargo, con la progresiva reapertura de la ciudad, de sus negocios y rincones, tuve la posibilidad de vivir las experiencias narradas hasta la fecha en el diario. Y aunque ni de lejos pude disfrutar de Rosario en su máximo esplendor, al permanecer paralizada su vida cultural, tuve la ocasión de crear algunas amistades sólidas y empezar a tomarle el gustillo a la ciudad en mis recorridos.

Por eso, a tres meses de mi regreso a España, la vuelta al encierro me resultaba exasperante. Una vuelta que se hacía aún más difícil por el cambio de temperaturas y el comienzo de la primavera en la ciudad. Además, las perspectivas de poder hacer algún viajecillo por el país se iban diluyendo más y más con el aumento de los casos y la saturación del sistema sanitario, que ahora está en el punto más alto de la curva hasta la fecha.

La vuelta del calor, además de potenciar las ganas de salir de casa, atrae también a la fauna estival que poco a poco va reapareciendo. Durante mis primeros meses en Rosario ya había vivido algunas batallitas. Cuando llegué, mis caseros me advirtieron de que, al ser una casa vieja, era posible que encontrase alguna que otra cucaracha. Repartieron, por todas las habitaciones, trampas que debía renovar cada mes. Ya había vivido en casas con cucarachas y, aunque me resultaban repulsivas, la advertencia no me pareció demasiado grave, hasta que un día al levantarme y bajar las escaleras sin lentes di un brinco al no pisar de milagro un bulto gigante y marrón más grande que mi dedo pulgar, que, además, para mi sorpresa, tenía alas. Caminaba medio moribunda probablemente por el efecto de las trampas, así que la recogí con la palita y fue directa a la taza del cuarto de baño.

Un día, mientras hacía un poco de limpieza general, vi que algo colgaba de una telaraña del techo. Pensé que sería una araña, pero al acercarme y recoger el espécimen con un balde, me di cuenta de que se trataba de un alacrán pequeñito, medio momificado. Por mi mente empezaron a pasar imágenes de documentales de animales en los que, en un desierto inhóspito, se enfrentaban en una encarnizada lucha una serpiente y un escorpión, resultando vencedor el segundo, al liquidar a la serpiente con el veneno letal de su aguijón. Se me heló la sangre.

En mi vida había visto un bicho así en vivo y en directo y, mientras las manos me temblaban, le envié una foto del alacrán a Martina y a Juan Carlos. Sus respuestas -en absoluto tranquilizadoras- fueron: “Los alacranes son habitantes frecuentes de Rosario”, “Suelen ir en parejas, no paniquees. Además, se comen a las cucarachas.” Para sentirme más apoyada en mi pequeño drama humano, le mandé la misma foto a mi familia y a algunas amigas españolas, que reaccionaron con el grado de alarma y gravedad que yo consideraba oportuno. Su empatía me reconfortó levemente.

Pero mi odisea zoológica no terminaría allí. Aún me faltaba enfrentar una difícil batalla al parecer, ya naturalizada por los rosarinos: la de los mosquitos. En el centro cultural me habían advertido que además del coronavirus, en Rosario había serios problemas con el dengue, una enfermedad transmitida por una clase de insecto, de nombre Aedes aegypti, parecido al mosquito común, pero con el cuerpo negro y manchitas blancas en el abdomen y en las patas.

Reconvertida en bióloga, creí encontrar a varios mosquitos de esa especie en la casa y vivía con una zapatilla en la mano y miedo a morir. Por las noches, embadurnada en off, dejaba la ventana abierta para que corriera un poco de aire, y, cada tanto, me despertaba sobresaltada por el
zumbido de algún mosquito a punto de picarme. Compré por recomendación de Noemí
unas laminitas azules de la marca Fuyí que, introducidas en las ranuras de un aparato enchufado a la corriente, expedían un aroma repelente para los mosquitos. Fueron de bastante ayuda, aunque no me libré de unas cuantas picaduras.

Y aún había más: un encuentro con la plaga de grillos que invadió Rosario durante los últimos meses del verano. Con el confinamiento de la vida humana, los grillos tomaron la ciudad. Aparecían varios al día en el patio y se colaban dentro de la casa por las rendijas de puertas y ventanas. Yo estaba acostumbrada a los grillos españoles, del tamaño de una uña, pero estos eran enormes. Me daba la sensación de que aquí todos los bichos eran más grandes, como si hubieran digievolucionado.

Para colmo, su cantinela no me dejaba dormir. La leyenda dice que encontrar grillos en el hogar trae buena suerte. Bueno, pues a mí me trajeron insomnio. A la noche armaba toda una barricada en la puerta con repasadores y escobas. A pesar del blindaje, alguno conseguía
colarse y más de una vez me tocó levantarme en el medio de la noche a localizar al dichoso cantor que parecía zumbar desde dentro de mi oreja. Traté de expulsar por las buenas a la mayoría, pero reconozco sin culpa que cometí algún asesinato.

La gata Isabella los observaba sin acercarse demasiado y me miraba actuar presa del pánico. Le pedí que, ya que prácticamente vivíamos juntas, a cambio del alimento y de las chucherías felinas que yo le proporcionaba, podía quizás echarme una mano con la caza de insectos.

No entendió bien el mensaje.

El martes pasado, mientras aún dormía, empecé a sentir a Isabella jugando en la cama, dando saltos de un lado a otro del colchón. Me resultó extraño, porque ella normalmente duerme tranquilamente encima de mi maleta, en lo alto de un armario o dentro de la cama acurrucada junto a mí. Cuando quiere jugar, baja al comedor y me pide con sus maullidos que le abra la puerta para salir al patio. Cuando por fin abrí un ojo para decirle que por favor se calmara, ya que eran las 6 de la mañana y hasta las 8 no sonaba el despertador, vi en mi pecho el cuerpo de una lagartija. Pegué un chillido y salté de un brinco de la cama, y me puse los lentes para poder buscarla entre las sábanas.

La encontré en un estado deplorable. La pobre había sido víctima de una minuciosa tortura felina. Sospecho que Isabella la había traído a la cama a modo de ofrenda. Definitivamente no me gustó el presente. La lagartija había perdido la cola, le faltaban algunos de sus deditos y tenía trozos de escamas levantadas que dejaban a la vista heridas por todo su cuerpo. Justo cuando Isabella estaba a punto de abalanzarse de nuevo sobre ella, la tomé entre las manos para ponerla a salvo. Comprobé que aún respiraba y se quedó paralizada en mi mano. No me sentía capaz de matarla para acabar con su sufrimiento, así que me limité a dejarla en el poyete del ventanuco del techo, el único lugar de la casa inalcanzable para Isabella.

Sabía que no podía culpar a la gata por su naturaleza cazadora, pero traté de explicarle que las lagartijas son nuestras amigas porque se comen a los bichos. Quizás lo entendió. Los siguientes regalos fueron un caramelo chupado dentro de su envoltorio y el corcho de una botella de vino.

A pesar de estas aventuras hogareñas, echaba de menos las actividades en el exterior y la relación cara a cara con humanos. Parece que, poco a poco, vuelven a abrir algunos negocios pero extraño especialmente las clases presenciales de teatro y de tango.

 

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Fecha

Vie. 2/10/20 - Jue. 8/10/20
Finalizado

Hora

Todo el día

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Publicado el viernes 2 de octubre de 2020.