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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 29

Ilustración basada en uno de los murales de La Toma.

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario

Capítulo 29. La Toma

Una mañana quedé con Virginia para desayunar y me propuso acompañarla a hacer unos recados al mercado popular de La Toma. Imaginé que se trataría de un mercado común, al estilo del Mercado del Patio, pero nada más entrar al 1349 de la calle Tucumán me di cuenta de que aquello no era una feria al uso.

Accedimos a un amplio espacio, donde nos recibió fue una gran pancarta que rezaba “Centro Cultural la Toma”. Todos los muros estaban empapelados con carteles que abogaban por diferentes luchas: desde proclamas que exigían la aparición de Santiago Maldonado y Facundo Molares, a afiches políticos y sindicales, recortes de periódicos que daban cuenta de movilizaciones obreras y banderas de pueblos originarios. Los murales de las paredes retrataban las figuras del Che Guevara, Víctor Jara, Lohana Berkins, Rodolfo Walsh, o Herminia Severini, entre muchas otras.

En la mitad del espacio había una suerte de comedor donde nos sentamos a tomar un cortado con medias lunas antes de las compras. Virginia me dio algunas pistas entonces sobre aquel lugar. Antiguamente había funcionado como supermercado, pero con la crisis económica de año 2001, la empresa había quebrado y dejado en la calle a toda la plantilla de trabajadores. Lo que estos hicieron fue tomar el edificio para defender el lugar y su fuente de trabajo.

Me comentó que hoy en día es un espacio de intersección de muchas luchas sociales y políticas, ya que el lugar aloja la sede de muchas agrupaciones y organizaciones populares. Por ejemplo, la sede de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Seguro Legal y Gratuito, a la que pertenece Virginia, tiene su sede en La Toma.

Mientras hablaba, me dediqué a observar el espacio. Frente a nosotras estaba la parte de La Toma que sigue funcionando como mercado popular y a nuestra espalda, había toda una hilera de pequeños negocios, dedicados a la venta de artesanía. En la parte de arriba del edificio se encuentra un espacio enorme donde Virginia me contó que se organizaban las asambleas para las grandes marchas como las del movimiento feminista o las de los movimientos sindicales.

En el mercado popular vendían una gran variedad de productos ecológicos y artesanales. Mientras Virginia hacía sus compras, me dediqué a curiosear los estantes y aunque no tenía intención de comprar nada, salí de allí con un tarrito de miel artesanal, un jabón natural elaborado con aceite de coco, una chocolatada a base de semillas de algarroba y una caja de sorrentinos agroecológicos de tomate y ricota.

La confluencia de tantas iniciativas en un solo espacio me sedujo tanto, que me decidí a escribir un capítulo del diario sobre La Toma. Virginia me contactó con Carlos Ghioldi, referente de la Cooperativa de Trabajadores Solidarios en Lucha que organiza el espacio. Le escribí para que me desvelara la historia de aquel lugar fascinante. Carlos aceptó gustosamente y la semana pasada nos comunicamos por videollamada, medio de comunicación estrella de los tiempos que corren.

Al saludarme a través de la pantalla me trató de usted y me llamó “compañera”. Mi primera impresión fue la de un hombre afable, con mucha historia de lucha sobre sus espaldas. Las presentaciones fueron breves y rápidamente entramos en materia.

Para empezar, Carlos me describió con un dato clave la gravedad de la crisis del 2001: los viernes en la radio se emitía un informe con la cantidad de empresas que se habían presentado en concurso de acreedores o en quiebra, y la cifra de empleados que habían quedado en la calle. Se trataba de una información tan común como la del tránsito o la del clima.

Como tantos otros negocios, el supermercado “El Tigre”, para el que Carlos y sus compañeres trabajaban, se declaró en quiebra. Pero el vaciamiento del lugar estuvo plagado de irregularidades. Los dueños del supermercado no terminaron fundidos, sino como prósperos empresarios de agronegocios del sur de Córdoba. Con la quiebra, dejaron un endeudamiento que excedía 80 veces los bienes que tenía la empresa. Cuando les trabajadores tomaron el edificio, los propietarios ya debían más de diez años de impuestos al erario público.

Tras la toma, los empleados del supermercado iniciaron una etapa de resistencia contra una sentencia de desalojo rápidamente interpuesta por el sistema judicial que, sin embargo, nunca se pudo ejecutar y que, a día de hoy, sigue vigente. Para salvar el lugar y sus puestos de trabajo, aplicaron una política acordada en asamblea: la única forma de luchar era hacer funcionar el lugar poniéndolo al servicio de todas las organizaciones populares.

Curiosamente, lo primero que hicieron al tomar el espacio fue convocar a profesores y estudiantes de la universidad para formar un centro cultural. Reivindicaban así la tradición del movimiento obrero y sindical de fines del siglo XIX y principios del s XX: allí donde los trabajadores se organizaban, fundaban una biblioteca o un centro cultural, no por un sentido académico, sino porque así como luchar resultaba tan importante, igualmente lo era organizarse para pensar e incorporar mejores herramientas para la organización del movimiento obrero.

A modo de chiste, Carlos comentó que La Toma se ha convertido en una mezcla de Arca de Noé y Torre de Babel juntas, pues toda organización popular, sindical, o de derechos humanos que necesite un lugar puede funcionar ahí adentro: “no se lo prestamos, no se lo alquilamos, lo compartimos. Es tan nuestro como de ellos, y cuantas más organizaciones populares vengan a La Toma, más lejos estará la perspectiva del desalojo.” A su vez, me dejó claro que hay un solo límite. Los únicos que no pueden entrar son quienes reivindiquen el genocidio y el terrorismo de estado. Todos los demás pueden ingresar y funcionar con pluralidad, con respeto y en pro de fortalecer el espacio.

Sin embargo, Carlos reconoció que la convivencia de tantas organizaciones no siempre es sencilla. Y es que, en a La Toma se reúnen grupos tan diversos como la CETEM, la CTA, sindicatos de la CGT, el movimiento de Evita, el Movimiento Peronista Descamisado, la fracción interna del Partido Obrero, Opinión Socialista, el Sindicato de Guardavidas, la Mesa Coordinadora de Jubilados, o la estructura de cooperativas de la Dirección de Salud Mental, por citar solo algunos ejemplos: “Todo eso es una diversidad de pensamiento descomunal”. Por tanto, una de las tareas fundamentales de coordinación de los jóvenes del centro cultural es la de otorgar los espacios y horarios para que todas las organizaciones puedan compartir el lugar y convivir en armonía.

En ese punto Carlos me habló con orgullo de que, a pesar de las discrepancias internas, en ese espacio se han logrado hitos históricos de la ciudad. Por ejemplo, en el año 2003, lograron recuperar en La Toma el comedor universitario que había existido en la ciudad de Rosario hasta que la dictadura militar lo cerrara en 1975. Y lo consiguieron a través de una campaña conjunta a la que convocaron a todas las organizaciones de estudiantes de la universidad, luego de un proceso no falto de conflicto: “Después se hicieron siete comedores en la ciudad y la universidad implementó nuevos comedores, pero el comedor universitario en Rosario, lo recuperamos nosotros con el movimiento estudiantil.”

Carlos pertenece a la Cooperativa de Trabajadores Solidarios en Lucha, que es la que administra el comedor, el bar, el fondo de lucha, y el centro cultural propiamente dicho. Y todo funciona colectivamente en una comisión gremial de activistas. El supermercado es una parte de esta cooperativa y la otra pertenece al mercado popular de la CETEP (Coordinadora de Trabajadores de la Economía Popular). Dentro de La Toma funcionan también una galería de arte, una radio, una librería, dos imprentas, una editorial y una bicicletería.

Incluso el Estado municipal está presente dentro de La Toma a través de la subsecretaría de economía solidaria, que gestiona el centro de cartoneros y el centro de producción de artesanos y microemprendedores que funcionan y hacen su producción en La Toma, coordinados por el municipio de Rosario.

Carlos también contó que en esos veinte años habían florecido proyectos muy emocionantes en La Toma y me habló de la iniciativa “El horno está para bollos”, alabado incluso por la Organización Mundial de la Salud. Explicaba que en Rosario existieron dos grandes instituciones psiquiátricas públicas. Tanto el gobierno nacional como el provincial iniciaron una política de “desmanicomialización” y desde La Toma quisieron contribuir firmando un convenio con la dirección de salud mental para que todos los internos de esos dos centros tomaran capacitaciones de cocina en La Toma y desarrollaran así un oficio. Tras dos años de formación, se constituyeron en cooperativa de trabajo, y hoy siguen funcionando en las cocinas del edificio: “Usted no se imagina como les cambiamos la vida, porque no es lo mismo estar en el manicomio pintado de colores, que salir a trabajar y alcanzar tu propia autonomía.”  Aseguraba Carlos orgulloso añadiendo que los productos del proyecto no solo se venden en La Toma, sino que ya están disponibles en varios establecimientos de la ciudad.

Cuando le pregunté por cómo se mantiene todo ese proyecto económicamente, Carlos me habló de que todo se gestiona en las reuniones de Habitantes Solidarios de La Toma, a las que acuden las organizaciones interesadas en la lucha por conservar el lugar: “No hay tarifas ni precios fijos. Cada mes se junta la plata para pagar las facturas y cada cual pone lo que puede.”

A modo de conclusión Carlos afirmó: “Somos esto: una construcción colectiva de los trabajadores y el pueblo al servicio de una política de inclusión social construida entre todos, sin pedirle plata al FMI ni a nadie. Todo hecho con el propio esfuerzo. Un establecimiento utilizado al servicio del movimiento popular. Y ahí llevamos resistiendo todo este tiempo sin que nos echen.”

Lo cierto es que me hubiera quedado toda la tarde hablando con Carlos, pues su libro de batallitas parecía no tener fin, pero tras más de una hora de conversación, tuvimos que dejar la charla. Por falta de espacio, he tenido que dejar alguna de esas anécdotas fuera de este capítulo, pero afortunadamente para quien le interese, parece que por su veinte aniversario van a sacar una publicación con toda la historia de La Toma.

Ese mismo domingo fui a hacer algunas compras a otro de mis mercados de artesanías favoritos de la ciudad: La feria de Bulevar.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 23/10 - Vie. 30/10
Finalizado

Hora

08:00 - 18:00

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