#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 30

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.
Capítulo 30. La Feria del Bulevar
Una de mis rutinas favoritas de cada fin de semana es ir a pasear por la Feria del Bulevar que se instala cada domingo a lo largo del parque Norte, prácticamente desde la estación de ferrocarril hasta la altura misma del Bulevar Oroño. Allí confluyen la feria de ropa de segunda mano El roperito, la feria de antigüedades, y mi favorita: la feria de artesanías, donde se pueden encontrar puestos de los más diversos oficios: cerámica, tejidos, mates, joyería, cuero o estampación, entre otros.
Prácticamente ya me conozco todos los puestos de memoria, pero me encanta pasear entre los tenderetes y curiosear las novedades. Aunque cada domingo me prometo ir solo a echar un vistazo, siempre salgo de la feria con algún autorregalo.
Hay algunos puestos en los no puedo evitar pararme. Por ejemplo, en el de un chico que hace carteras y estuches estampados, serigrafiadas en una especie de papel que se llama tyveck, impermeables y muy ligeras, ideales para los viajes; el de una joven que elabora mates, tacitas y macetas de cerámica con diseños minimalistas en blanco y negro; o el de un artesano que hace joyería imitando la cota de malla antigua, combinando en sus piezas tejidos de orfebrería en alpaca con piedras de diferentes colores, cada una con propiedades diferentes.
Pero mi preferido, quizás por mi obsesión con el mundo de la papelería, es el que regentea Celeste Costamagna Carlantini, dedicado a la encuadernación artesanal. La primera vez que pasé por su puesto, me quedé prendada examinando los diferentes tipos de encuadernaciones, todas ellas con diseños distintos en sus portadas, algunas con las cubiertas forradas de papeles pintados, fotografías antiguas y sellos incrustados, otras con telas intervenidas a base de manchas. Había cuadernos en todos los formatos, libretitas pequeñas o en tamaño folio, de tapas duras y blandas, algunas incluso con formas triangulares y otras con hojas desplegables como una suerte de origami.
Tenía que elegir un regalo para el cumpleaños de mi amiga Feli, fanática de las plantas, así que escogí una libretita pequeña, con las tapas cubiertas de un papel estampado con ilustraciones de cactus, y el lomo forrado en tela roja. Desde aquella primera compra, tuve muy buena onda con Celeste, y cada domingo que pasaba por allí, nos quedábamos un ratito charlando.
Gracias a ella descubrí que la feria había cumplido su dieciocho aniversario el pasado mes de agosto. Para festejarlo cada año los artesanos organizan una gran fiesta con espectáculos, talleres y concursos, pero la pandemia, una vez más impidió la celebración. Celeste me contaba que ella había conocido la feria cuando era tan solo una niña y esta se establecía a lo largo del propio Bulevar Oroño, cortando la calle cada fin de semana.
Hoy ya lleva seis años con su puesto fijo en el Bulevar, pero arrancó participando en la feria como artesana visitante. Me explicó que existe esa posibilidad para artesanos que no tienen un puesto fijo, de modo que una vez al mes, pueden pagar por ocupar un puesto en cada una de las ferias que coordina la municipalidad. Además de la Feria del Bulevar, está la de La Fluvial, la del Mercado de Pulgas, Paños al piso y la del Parque Alem. De esa forma pueden dar a conocer su trabajo en distintos barrios.
La otra opción consiste en aplicar a un puesto fijo en la feria, una vez al año, cuando la municipalidad abre una fiscalización desde la oficina de ferias. Cada artesano puede presentar su producción a través de un muestrario que es examinado por referentes importantes de cada rubro, y se hace una selección atendiendo a criterios como la creatividad y la originalidad.
Cuando le pregunté a Celeste cómo surgió su inclinación hacia la encuadernación, me contó que su casa siempre estuvo plagada de libros. Sus padres eran grandes lectores y de ahí le viene el amor por la lectura, por la tinta y por el papel. Según cuenta, siempre le produjo fascinación el libro como objeto, su materialidad, la textura de los papeles, su olor. Su madre y su abuela eran costureras y de ellas heredó la afición por el tejido, aplicada en su caso, a las costuras de la encuadernación. Se inició en ese mundo mientras terminaba de estudiar Bellas Artes, al inscribirse en un taller informal en la casa de una compañera de la facultad. Aquel taller le voló la cabeza y desde entonces siguió investigando, formándose, aprendiendo distintos tipos de encuadernaciones, buscando nuevos cortes del papel, y materiales con texturas diferentes.
Le parece increíble que a partir de algo tan básico como dos cartones y unas hojas de papel se pueda armar un cuaderno, con infinidad de posibilidades adaptables a todos los presupuestos: “Si no tenés el cartón y las hojas, podés usar unas tapas de cajas, y papeles usados para practicar. Desde el reciclaje se puede laburar con un montón de materiales.”
Valora mucho que en cada una de sus creaciones quede impresa su mano, sus horas de trabajo, sus detalles minuciosos. Esa prolijidad, a su vez, le impide dar una salida rápida a los cuadernos. Los siente como hijos que se van. Celeste emplea sus manos en cada paso del trabajo. Ni siquiera utiliza guillotina para cortar las hojas de papel, sino que lo hace a pura trincheta. Se esmera por que en cada uno de sus detalles esté presente la mano “imperfecta” de lo artesanal: “Tienen horas de amor mis cuadernos”.
También presta mucha atención a no repetir los diseños, y trata de que cada tapa sea única: va juntando enciclopedias, muestrarios de papeles de empapelar antiguos, telas que ella misma interviene. Y le encanta contarles a sus clientes la historia de cada libreta. Todas tienen alguna parte indefectiblemente suya. Hace un par de fines de semana, por ejemplo, un chico se llevó un cuaderno con unas cámaras analógicas que había sacado de unas revistas viejas pertenecientes a su papá, que era fotógrafo.
De vez en cuando recibe una fotografía de algún cliente utilizando el cuaderno: “Eso es impagable”. Con la devolución, el otro completa el cuaderno, con sus dibujos, escrituras, con lo que le quiera añadir. Esa es la parte que más le gusta, comprobar que el cuaderno cumplió su viaje.
Cuando le pregunto si encuentra que el trabajo artesanal está lo suficientemente valorado, lamenta que a menudo no sea así. Es poca la gente que reconoce el laburo que implica trabajar solo con las manos y elaborar objetos únicos. Por eso, cuando pasa por el puesto alguien capaz de apreciar el esfuerzo, la originalidad y las horas de trabajo que hay detrás de cada cuaderno le resulta muy reconfortante, y la anima a seguir por ese camino.
Además, entiende que particularmente su trabajo con los cuadernos está destinado a un público bastante específico, y no tiene una salida masiva, así que normalmente, complementa su trabajo como artesana impartiendo clases de encuadernación en la Plataforma Lavardén. Ahora con la pandemia está todo parado. No puede dar clases y la feria ha reducido sus días y horarios de apertura. Antes estaba siempre sábados, domingos y feriados y normalmente en verano solían quedarse hasta las 8 o 9 de la tarde. Ahora solo están los domingos hasta las 5: “Al comienzo de la pandemia estuvimos tres meses sin laburar. Fue un caos total”.
Con todo esto, está tratando de volcar su trabajo en las redes sociales, para visibilizarlo y buscar nuevos medios de distribución. Le puso el nombre de Cardumen a sus cuadernos porque adora todo lo que tiene que ver con el agua, con nadar y con los peces. Otra cosa que tenemos en común.
Y para no dejar de hablar de papel, de libros y de cuadernos, la semana que viene hablaré de otro de mis rincones favoritos de la ciudad: la librería Mal de Archivo.
*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.