#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 34

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.
Capítulo 34. Despedida de Argentina
Mi beca se termina y con ella, la escritura de este diario. Si la pandemia lo permite y consigo no contagiarme en lo que me queda de tiempo en Rosario, el día 20 de diciembre volveré a casa para las navidades más raras de la historia. Aunque estoy deseando abrazar a familia y amigos, no parece este el mejor momento para regresar: vuelta al invierno, al confinamiento, al toque de queda. Parece que lo hago a propósito para ir allá donde las medidas son más restrictivas. Ahora que me marcho, se espera en la Argentina una reapertura progresiva del turismo internacional, del tránsito entre provincias, de todos los espacios culturales que no alcancé a conocer. Qué remedio, no me quedará más opción que volver más pronto que tarde para disfrutar de todo lo que me perdí.
Desde luego que me tocó un año raro para venir a Rosario, y como ya mencioné en algún capítulo, de haber sabido antes que esta situación se iba a prolongar tanto, estoy segura de que hubiera decidido no venir. Afortunadamente no tengo poderes adivinatorios, porque, a pesar del contexto me siento profundamente agradecida de lo que me ha tocado vivir en este 2020. Y entiendo que puedo decir esto desde mi situación privilegiada. Mi beca se mantuvo durante todo este tiempo, y no he tenido familiares graves a causa del virus, así que a pesar de las limitaciones que impuso la pandemia, pude transitarla desde una posición bastante cómoda.
Es verdad que no he podido salir de Rosario en toda mi estadía -lo más lejos que llegué fue a las islas del Paraná-. También es verdad que el centro cultural al que vine a trabajar cerró sus puertas dos semanas después de mi llegada. Cuando me vi sola y encerrada dentro de una casa en una ciudad desconocida, pensé que la experiencia argentina y el itinerario de formación que había trazado al llegar quedarían irremediablemente truncados. Afortunadamente, no fue así en absoluto. A pesar de las largas semanas de encierro y de la virtualidad obligada, estos nueves meses superaron con creces mis expectativas.
En lo laboral, poco a poco me fui incorporando a los equipos de trabajo del centro, aprendiendo de la experiencia y la profesionalidad de mis compañeras. Trabajé junto a Melisa y a Lucía en el equipo de galerías del centro cultural, con el armado de las muestras virtuales que pasaron por las galerías del CCPE. Integré, junto con Giulia, el equipo de mediadoras de la ciudad de Rosario para acompañar a los proyectos de la ciudad que se inscribieron en el trayecto de formación Travesías. Me uní, gracias a Virginia, al colectivo Ojo Verde que cada mes organiza ciclos y charlas de cine socioambiental, abordando problemáticas ambientales y de derechos humanos de plena actualidad. Eché una mano desde la parte técnica en el taller de escritura de sueños, impartido por Beatriz Vignoli. Y entre todos esos proyectos, desde el principio de la beca, mantuve la escritura de este diario.
También este proceso fue evolucionando. Apenas comencé a escribir, me limitaba a narrar desde una perspectiva muy subjetiva mis impresiones de aquellos lugares que iba visitando. Me faltaba seguridad en la escritura y dudaba bastante que el diario fuera a interesarle a alguien. Pero poco a poco fui ganando confianza, aprendí de las correcciones y sugerencias de edición de la directora del centro cultural (antes periodista), Fernanda González Cortiñas. Así fui ganando en seguridad y hasta me atreví a hacer algunas entrevistas que enriquecieron mi limitada perspectiva y aportaron un conocimiento más profundo de algunos rincones de la ciudad. Aunque es una obrita muy humilde, considero que puede interesarle tanto a extranjeros que lleguen a la ciudad y quieran visitar espacios que se salgan del recorrido turístico habitual, como a locales que quieran volver a mirar desde unos ojos foráneos su maravillosa ciudad.
Bajo ese pretexto tuve la oportunidad de entrevistarme con auténticos personajes míticos del entorno sociocultural rosarino. Recuerdo las charlas con Carlos Ghioldi, con Manuel de Mal de Archivo, con Beatriz Vignoli, con los Danieles de Subsuelo. Conversaciones que nunca se hubieran dado de un modo tan natural y espontáneo, sin esta razón para convocarlos. A todas y todos ellos, agradezco enormemente el tiempo y la excelente disposición para contarme un pedacito de sus historias y de sus proyectos de vida.
Más allá de la experiencia en el centro cultural traté de aprovechar todas las oportunidades de formación que se me presentaron. Y así me matriculé como oyente en algunas asignaturas de la carrera de letras universidad, tomé clases de tango en el QTP, asistí durante todos estos meses tanto manera virtual como presencial a un taller de interpretación en el Teatro de la Manzana, y hasta me inscribí en un curso de collage en El Patiecito.
Con satisfacción creo poder afirmar que he exprimido la experiencia formativa de la beca al máximo. Y un poco más.
Aún así, todo ello hubiese sido insuficiente sin la compañía y la complicidad de mis cinco apoyos rosarinos: Melisa, compañera de laburo y vecina de barrio, que me hizo descubrir el Pasaje Pan y el Parque Independencia, con la que fui explorando cada uno de los bares de nuestro querido Pichincha; Giulia (alias Martina) mi hada madrina de los deseos que además de una bicicleta, una cafetera, un sofá y un calefactor, me instruyó en el ritual del asado y me enseñó a prender la estufa de gas cuando llegó el invierno; Virginia, compañera de paseos por la costanera del Paraná, de tardes de cine y de luchas, gracias a quien pude asistir al emocionante Encuentro de Mujeres que se celebró este año en Rosario; Bárbara, que me hizo sentir en Murcia y en las playas del Mediterráneo a este lado del Atlántico, y finalmente Lucho, mi instructor de cultura local, compañero de teatro y descubridor de las islas del Paraná.
Tampoco puedo dejar de mencionar en estas líneas a Juan Carlos y Noemí, los caseros que se convirtieron en auténticos padres adoptivos rosarinos y, por último, pero no menos importante, a mi querida gata Isabela, compañía invaluable en los días y las noches del confinamiento y en la cotidianidad de mi casita de pasillo. Esa despedida va a ser un auténtico duelo.
En este breve lapso de nueve meses, he sentido a Rosario como un auténtico hogar, explorándola de a poquito, visitando sus lugares abiertos, intentando asimilar ciertas costumbres. Algunas de ellas se convirtieron en verdaderos rituales: los paseos y lecturas por los parques del Paraná, hipnotizada por el vaivén de la corriente del río, las noches de pizza y cerveza en la Pizzería Argentina, los asados en casa de Lucho o de Giulia, los desayunos en Jimmy, las excursiones en kayak a las islas, los helados de Dux, los recados en el barrio, los dulces de Mr. Pan, la lavandería de Santiago y Mónica, las bicicleteadas hasta la Florida, las empanadas de pescado, las marchas en el puente en defensa de los humedales, los domingos en la Feria del Bulevar, las compras en el bullicioso centro, y cada uno de los lugares que he nombrado en este diario, bastiones, para mí, del espíritu rosarino.
Hay costumbres que prometo mantener, como las meriendas con mate y los desayunos con medialunas, y también, por qué no decirlo, debo reconocer que hay algunas cosas de las que me complace despedirme, como la humedad de los días de verano, los alacranes furtivos así como los mosquitos y jejenes que me han salpicado el cuerpo de picaduras.
Cómo no escribir con pena estas líneas, en un día como el de hoy, con la noticia de la muerte Maradona, viendo llorar a todo un país que no deja de sorprenderme por la pasión con la que viven su cultura popular y la resistencia de su pueblo a una situación de inestabilidad constante, que cada día vuelve a sorprender por lo inesperada.
Me voy Rosario, pero te juro, como decía el gran Nino Bravo, que seguro “mañana volveré”.
*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.