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El diario de Inés. Capítulo 12

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 12. Coronavirus.

El día que volé desde Madrid había en toda España tan solo siete casos de coronavirus confirmados. El asunto era un tema recurrente en las conversaciones, pero nos lo tomábamos con cierta guasa, tratando de no caer en la paranoia colectiva y minimizando los efectos de un virus que comparábamos con una gripe común. De hecho, recuerdo haber visto en el aeropuerto a algunas personas con barbijo. En ese momento me pareció un poco desproporcionado.

Sin embargo, a medida que pasaban los días desde mi llegada a Argentina, mi madre me iba informando de un crecimiento casi exponencial del número de infectados en España. Poco a poco crecían también los datos de fallecidos, que semanas después alcanzarían la dramática cifra de más de ochocientos muertos diarios.

El 10 de marzo, mientras estaba en una conferencia de inauguración de la maestría de literatura argentina en la facultad de humanidades, recibí una llamada de la oficina: “Inés, malas noticias: tenés que hacer cuarentena”.

No lo entendía. Llevaba ya doce días en Argentina y no había manifestado ningún síntoma. Además, en los días que llevaba en el país, había conocido y saludado con besos, como era costumbre, a mis caseros, a sus amigos y a todo el personal del centro cultural, así que, en el improbable caso de que tuviera el virus, podría haber provocado más de veinte contagios. Afortunadamente, ninguna de esas personas manifestó síntomas en las siguientes semanas. Me habría sentido terriblemente culpable si, aún sin saberlo, hubiera traído conmigo al maldito virus al otro lado del Atlántico.

La medida venía de la embajada y decretaba que todos los extranjeros y ciudadanos argentinos llegados en los últimos 15 días desde zonas de riesgo, entre las que por supuesto se incluía España, tenían que hacer una cuarentena obligatoria. Martina se ofreció a traerme a casa todo lo que necesitara.

Me lo tomé con filosofía. Aproveché para sacarle partido a la cuenta de Netflix, que tenía abandonada y para leer El viento que arrasa de Selva Almada, prestada por Martina.

Tuve tiempo por fin de dedicarme a tareas de la casa pendientes: hice la colada, regué las plantas del patio, fregué por primera vez el piso del departamento y cociné para varios días. Hasta tuve tiempo de pintarme las uñas. Finalmente, y por orden oficial, mi cuarentena duró tan solo dos días. Así que no fue tan terrible. De hecho, hasta agradecí la posibilidad de poder frenar un poco el ritmo frenético de las semanas que habían sucedido a mi llegada. Prácticamente no había pisado la casa más que para dormir.

El 13 de marzo, con más de 4000 casos positivos, Pedro Sánchez decretó el estado de alarma en España. En Argentina, las cifras de infectados eran mínimas, especialmente en las provincias del interior, pero pronto se empezaron a tomar medidas: clases suspendidas, espectáculos públicos cancelados, e imposición de distancias de seguridad. Viendo lo sucedido en China y Europa, se barajaba la idea de una cuarentena generalizada.

En el centro cultural se suspendieron todas las actividades y empezamos a “teletrabajar”.  Yo me sentía un poco inútil, ya que prácticamente acababa de llegar y no tenía demasiadas responsabilidades. Apenas me había dado tiempo a conocer a todo el personal y a familiarizarme con el funcionamiento del centro. La actividad del equipo se focalizó en la creación de contenidos culturales para la página web y en la adaptación de las actividades ya programadas al formato virtual. Surgió entonces la idea de escribir este diario. Fernanda y Giulia consideraron que podía ser interesante la visión de una extranjera que llegaba por primera vez a Rosario, especialmente en este contexto.

A mí me atraía la idea de armar un relato de mi estadía en Argentina a modo de crónica, una suerte de investigación sobre mi experiencia en el país, al estilo de las crónicas de viaje contemporáneas. Precisamente había conocido la historia del barrio Pichincha, la costanera del Paraná y la vida urbanita de Rosario incluso antes de llegar, de la mano de Hebe Uhart, que decía en una de sus crónicas que la capital santafesina era como una Buenos Aires pero “más ancha y menos esquiva”.

También me había reconocido en algunos relatos de Rosario, Una ciudad Anfibia, libro formado por 16 crónicas escritas por extranjeros que narraban sus primeras impresiones sobre la ciudad o por argentinos no rosarinos que la revisitaban. En una de ellas, la montevideana Isabel Salle había descrito mis mismos desencuentros con el tráfico rosarino: “Los nombres de las calles no siempre son visibles y los semáforos son engañosos. Están apostados sólo de un lado de la calle, y cuando no lo están, me cuesta cruzar. Eso no pasa en mi ciudad.” En la mía tampoco, y supongo que hay que ser extranjera para darse cuenta de esos detalles. Por cierto, ese libro, genial para mirar a la ciudad con un ojo foráneo, se encuentra en la mediateca del CCPE a disposición de quien quiera consultarlo.

Así pues, con todas esas referencias en mi cabeza, me lancé a la escritura de mi propia experiencia en la ciudad y me animé también a dibujarla, a pesar de no ser, como habrá podido comprobarse, ilustradora profesional.

Tras mi primer miniencierro, volví a la vida y al trabajo. Me di cuenta de que, en solo dos días de enclaustramiento, había algunas formas de socialización que habían cambiado. La gente ya no saludaba con besos, y en las tiendas empezaban a implementarse medidas de higiene y de distanciamiento social. Hubo quienes espontáneamente usaban barbijo y guantes para salir a la calle, y aprendimos a lavarnos exhaustivamente las manos a todas horas. Previendo en el horizonte un posible confinamiento obligatorio, aprovechamos para armar algunos planes, todavía permitidos. Con Martina fuimos a ver una obra al Espacio Bravo Teatro, y aquel fin de semana celebramos el cumpleaños de Bárbara con una pequeña reunión en su casa, en la que la preocupación por la situación de España fue el tema de conversación protagónico.

Finalmente, el día 19 de marzo a las 00.00, Alberto Fernández impuso la cuarentena en la Argentina. Me enteré mientras tomaba una cerveza en una terraza. Nos despedimos de la libertad brindando, aún sin saber lo que se nos venía encima. Cuando llegué a mi casa eran las 22.30. Quedaba una hora y media para el confinamiento obligatorio, y decidí, como último capricho de libertad, acercarme a la pizzería de la esquina a por un par de porciones para cenar.

No tenía ni idea de que me esperaban tres meses de Confinamiento en soledad.

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 26/6 - Jue. 2/7
Finalizado

Hora

Todo el día

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Publicado el viernes 26 de junio de 2020.