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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 13

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 13. Confinamiento en soledad

Reconozco que, si hubiera sabido que al venir a Argentina las cosas se iban a torcer de esta manera, que llegaba una pandemia mundial y que tendría que pasar tres meses de cuarentena sola, solísima, probablemente hubiera tomado la decisión de no venir. O al menor hubiera tratado de hacerlo más tarde, cuando la situación se hubiese estabilizado.

Llevaba únicamente dos semanas en Rosario, adaptándome a la ciudad y a sus ritmos, al nuevo trabajo y a las amistades que poco a poco empezaba a establecer.

Sentía la urgencia del paso del tiempo: solo nueve meses para armarme una nueva vida y aprovechar al máximo las oportunidades que la beca ofrecía, tanto en lo laboral como en lo personal. Desde que había llegado estaba encantada con mi rápida adaptación.

Y de repente todo eso se detuvo.

Al principio pensamos que sería cosa de algunas semanas. Pero pronto las prórrogas quincenales del estado de alarma anunciadas por Alberto Fernández parecían no tener fin.

Los primeros días fueron realmente caóticos, sobre todo por mi falta de organización. Acostumbrada a marcarme unos horarios impuestos por la rutina del trabajo en el Centro Cultural y el ocio en la calle, pasé varios días perdiendo el tiempo colgada de las redes y de los noticiarios, preocupándome inútilmente y sintiéndome mal conmigo misma por ello.

No estaba acostumbrada a vivir sola y pasar la pandemia sin compañía me complicaba la existencia, así que, dado que mi estabilidad emocional dependía únicamente de mi propia compañía, me convertí, en una persona soportable, al menos para mí misma.

Traté de estructurar mis días con una rutina que me ayudara a preservar la cordura. Procuré mantener unos horarios mínimos que me exigían levantarme antes de las 9.30, almorzar no más tarde de las 14 y acostarme antes de la medianoche.

Una vez por semana salía de compras y hacía una limpieza integral de la casa. El patio, en el que pasaba horas leyendo o trabajando cuando la temperatura lo permitía, siempre en compañía de Isabela -que venía a visitarme diariamente-, me hacían la vida más amena.

Yo, que no soy nada mística ni esotérica, y que me considero una persona bastante pragmática, sentía, sin embargo, que algo o alguien me había enviado a esa gatita para ayudarme a sobrellevar la soledad.

A pesar de mi falta de disciplina deportiva, logré mantener – al menos durante el primer mes -la rutina de una de hora de yoga al día entre las actividades inexcusables de cada jornada. Y como se convirtió en moda y en las últimas semanas me veía horrible, un día probé por primera vez a cortarme yo misma el pelo con ayuda de un tutorial de Youtube. Para mi sorpresa el corte quedó bastante parejo, al menos por delante (como no tengo dos espejos fue imposible comprobar cómo había quedado atrás, pero en este contexto le resté importancia al asunto).

Las conté y tan solo lloré cuatro veces en toda la cuarentena; nada mal. Tuve que aprender a autorregularme, obligándome a realizar actividades rutinarias cada vez que el ánimo decaía. Si me sentía triste o nostálgica no me permitía tirarme a la cama. Me ponía a fregar o a cocinar. Mi madre hubiera estado orgullosa de saber que me estaba volviendo una “cocinitas” y una obsesa de la limpieza.

Aunque la sensación de tener ahí afuera una ciudad por descubrir profundizaba mi sensación de encierro, era consciente de mi privilegio: me aseguraron que la beca se mantendría, lo que tachaba los problemas económicos de mi lista de preocupaciones. Además, toda mi familia y amigos en España estaban bien. Por último, vivía sola, sin niños ni personas dependientes a mi cargo, por lo sentía la necesidad imperiosa de aprovechar ese tiempo de cuarentena de alguna manera productiva.

Ya que mis planes de formación en el centro se habían desbaratado ligeramente, decidí inscribirme como oyente en algunas asignaturas en la universidad,  lo que me obligaba a leer una media de tres libros semanales y a escribir, cada tanto. Mientras, de lunes a viernes seguíamos teletrabajando. Junto al equipo de galerías, organizamos algunas visitas virtuales a las muestras programadas y continué escribiendo e ilustrando este diario. Aunque la carga de trabajo fuera menor que en circunstancias habituales, la falta de separación entre espacio de trabajo y de descanso y las distracciones “virtuales”, ponían a prueba mi productividad.

Un día salí a la calle y me fijé en que las hojas de los árboles amarillentas alfombraban la calle. Las temperaturas habían bajado sin que me diera cuenta. Mientras volvía sobre mis pasos para buscar un abrigo, fui consciente de que había llegado el otoño.

El único momento en el que pensé en inscribirme en una de esas listas que facilitaba el consulado español de Rosario para quienes quisieran ser repatriados llegó cuando, en una reunión de trabajo se planteó la posibilidad de que el centro permanecería cerrado al público hasta diciembre. Solo la posibilidad de esa circunstancia me provocó un bajón terrible y pensé que pudiendo desempeñar las labores de teletrabajo en España, rodeada de mi familia, pareja y amigos, no tenía mucho sentido estar aquí sola, sin poder disfrutar la ciudad que estaba ahí fuera, en pausa; sin poder viajar, ni conocer gente, ni nada.

Sin embargo tras arduos devaneos de cabeza y varias conversaciones con Giulia, con Fernanda y con mi familia, decidí quedarme. Había sobrevivido exitosamente a varios meses en soledad -algo de lo que me sentía bastante orgullosa- y si la situación volvía a la normalidad, prefería aprovechar el tiempo que me quedaba en Rosario hasta diciembre, en lugar de perder por completo la oportunidad de hacerlo. Total, en España las cosas tampoco eran muy diferentes y además viajar, suponía poner en riesgo a mi familia.

Efectivamente, con la llegada del invierno, empezaron a dejarnos pasear los fines de semana, dando comienzo a la ansiada Desescalada.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 3/7 - Vie. 10/7
Finalizado

Hora

08:00 - 18:00

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