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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 14

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 14. Desescalada y dulces.

La desescalada comenzó con un permiso para dar pequeños paseos de una hora los fines de semana, a una distancia no superior a 500 metros de la puerta de casa. Durante los tres últimos meses había salido a la calle siempre con un propósito: ir a la compra, a la lavandería o a sacar la basura. De pronto, no sabía muy bien qué hacer con esa libertad, salir a la calle en un radio tan concreto a nada en particular, así que les escribí a Juan Carlos y Noemí para saber si ellos pensaban aprovechar el permiso recreativo y poder ver así un par de caras conocidas, aunque fuera de lejos.

Como viven a unas diez cuadras de casa quedamos en un punto intermedio, para no rebasar la distancia permitida. Al verlos tuve que reprimir el impulso de abrazarlos. Aunque solo nos habíamos visto apenas tres veces desde mi llegada, durante el confinamiento obligatorio, habíamos mantenido un contacto telemático prácticamente diario. Incluso el día de mi cumpleaños -que había sucedido en pleno encierro- habían tenido el detalle de enviarme con un taxi una torta -con velas- y una figurita de cerámica salteña de regalo. ¡Cómo no quererlos! Nos saludamos con el codito y manteniendo el metro y medio de distancia reglamentaria. Me alegró mucho saber que lo estaban llevando bien. Como médicos jubilados y concienciados que son, se habían cuidado mucho durante la cuarentena. Noemí se entregó a sus dos pasiones: la pintura y la lectura. A menudo me mandaba una foto de sus cuadros recién terminados, o algún artículo interesante para seguir instruyéndome en la actualidad argentina, aun desde casa.

Lamentablemente el encierro no les permitía viajar, actividad a la que dedicaban gran parte de su tiempo libre. La otra pequeña tragedia, al menos para Juan Carlos, era la de no poder salir a hacer deporte. Acostumbrado a correr diariamente por los parques cercanos, se había pasado la cuarentena desgastando las baldosas de la azotea para mantener su estupenda forma física.

Solo rebasamos el distanciamiento obligatorio para hacer un intercambio clandestino de dulces. Yo les compré una pastafrola de batata y ellos me trajeron unos pedacitos de “postre vigilante”, hecho a base de queso y membrillo casero. Noemí me contó una de las versiones etimológicas de su curioso nombre: resulta que se originó en una fonda de Palermo a principios de la década del 20 en la que al parecer, ofrecían un postre rápido y práctico que se hizo muy popular entre el personal policial de una comisaría cercana, ya que se podía comer sin necesidad de cubiertos durante las rondas de patrullaje a pie.

Hay quien dice haberse dado a la bebida durante la cuarentena. Yo me entregué al dulce. Recientemente, y gracias una pequeña pastelería de la calle Salta, había descubierto algunas de las delicias de la repostería argentina. La primera vez que pasé por el escaparate y vi esas pequeñas tortas redondas decoradas con su característico entramado cuadricular, entré a preguntar de qué estaban hechas. La vendedora me comentó que se llamaban pastafrolas y que las dos variedades más habituales eran la de dulce de batata y la de dulce de membrillo. Aunque aparentemente recordaban a las típicas tartas dulces de la repostería inglesa, en internet descubrí que la pastafrola era una receta típica de la gastronomía argentina y uruguaya, ideal para acompañar al mate de la media tarde.

Pero si algo me había conquistado, además de las clásicas medialunas que ya habían incorporado a los desayunos dominicales, eran los alfajores de maicena. Me vi obligada a racionar su consumo. En España no existen, al menos en el mercado habitual, y los que había probado en alguna ocasión eran industriales. Los de la pastelería me conquistaron, con sus bordes rebozados en ralladura de coco y rellenos de una fina y deliciosa capa de dulce de leche. Si a mi llegada el dulce de leche me había parecido algo empalagoso, ahora de vez en cuando acompaño el café de la merienda con una tostada untada en este manjar.

Tras despedirme de Juan Carlos y Noemí, me dediqué a deambular por los rincones del barrio que aún no había recorrido. Me extrañó ver las calles prácticamente vacías. Al ser festivo todos los negocios estaban cerrados y como los bares y restaurantes aún no habían abierto al público, parecía un barrio fantasma.

Al día siguiente descubrí por qué Pichincha estaba vacío. Traspasé levemente los 500 metros permitidos para acercarme a la costanera del río, llena de familias, y de parejas que paseaban aprovechando los rayos de sol. La temperatura junto al río era mucho más agradable que la de las sombreadas calles del interior, donde ya se notaba el frío del incipiente invierno. Daba gusto volver a ver una relativa normalidad solamente empañada por los barbijos obligatorios que cubrían todos los rostros, los parques infantiles cerrados y los guardias que, repartidos por distintas zonas del parque, vigilaban que no hubiera aglomeraciones de personas.

También esa misma semana empezaron a abrir los comercios no esenciales y aproveché por fin para hacer unos Recados pendientes en el centro.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 10/7 - Vie. 17/7
Finalizado

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