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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 15

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 15. Recados pendientes en el centro.

Además de la bicicleta, un sofá y una pequeña guitarra para refrescar mis vagos conocimientos musicales y entretenerme durante los meses de cuarentena, Martina, -convertida en una suerte de Maga de los Deseos-, me había prestado también una cafetera italiana que andaba buscando para poner fin a los desayunos con café soluble. La cafetera tenía un tamaño ideal, con capacidad para dos cafés, el de la mañana y el de después del almuerzo, sin duda los más urgentes del día.

El único problema era que, como había estado mucho tiempo sin usarse, tenía la goma del filtro reseca y agrietada y necesitaba un recambio. Así que Martina me mandó de excursión a un lugar llamado “El Rey del Repuesto”, para encontrarle una nueva. Motivada con la lectura del diario cada tanto me encomendaba misiones para darle contenido a mi escritura, teniendo en cuenta que el contexto de la pandemia limitaba mucho mis exploraciones de la ciudad.

Al tratar de encontrar la ubicación del local escribiendo en el buscador de Google Maps “El rey de” aparecieron en la pantalla un montón de sugerencias: El rey de la lencería, El rey del sofá, El rey de las tortas, El rey de las mesitas, El rey de las novias, El rey del sándwich o El rey del enganche, entre otros. Parecía que el eslogan funcionaba como reclamo publicitario para cualquier sector y pensé que, ya que no podía visitar los museos de Rosario, quizás podría hacer una ruta turística alternativa por todos estos bazares de ensueño. El que yo buscaba se encontraba en la calle Entre Ríos, entre San Luis y Ricardone. No había vuelto al centro desde el comienzo de la cuarentena.

Nada más abrir la puerta del pasillo tuve que volver a entrar para dejar el abrigo y la sudadera. Pleno junio, 4 de la tarde, y recién estrenado el “invierno”, había 26 grados en la calle y la gente andaba en manga corta.

Era una tarde casi veraniega solo enrarecida por el aire irrespirable. Lo que a simple vista parecía niebla, era en realidad humo que venía de las islas. Otros días había sentido el olor, y había pensado que quizás fueran los restos de la fogata de algún asado cercano. Sin embargo, ese día, las portadas de los periódicos locales habían abierto con un problema que no era nuevo para los rosarinos: la quema indiscriminada de pastizales en las islas del Paraná. A pesar de que el 13 de junio el Gobierno Nacional había calificado los hechos como una “emergencia ambiental”, y había prohibido las quemas durante 180 días, las columnas de humo seguían en pie, perfectamente visibles desde la costanera. Y habían invadido las calles de la ciudad.

Al cruzar el Bulevar Oroño, se percibía más movimiento que en Pichincha, bastante más tranquilo desde que su vida nocturna había quedado suspendida. Se notaba el bullicio del centro urbano en el tráfico, en la cantidad de negocios no esenciales abiertos y en el deambular agitado de los peatones. Aunque tras la calma del confinamiento obligatorio, la progresiva vuelta a la normalidad podía resultar algo agobiante, ver la ciudad en plena efervescencia me daba la esperanza de que más pronto que tarde podría volver a disfrutar de Rosario en todo su esplendor.

Llegué por fin al Rey del Repuesto, que no pasaba inadvertido por el llamativo amarillo de su fachada. Estaba entre El Emporio de la Zapatilla y La Cueva del Peluche.

Tuve que esperar unos veinte minutos para ser atendida, pues la cola de clientes, separados por el metro y medio reglamentario, ocupaba más de media cuadra. A medida que me acercaba pude estudiar su escaparate, repleto de electrodomésticos y cachivaches desconocidos: correas, arandelas, tubos, cabezales, válvulas, enganches, cañerías y piezas sueltas de todos los tamaños, pertenecientes a quién sabe qué aparatos. Recuerdo una pequeña sección dedicada a mil tapones de termos diferentes y otra a distintas perillas de cocina.  Predominaban las parrillas para los asados que presidían las puertas del local, y por la estación, los calefactores de todo tipo: de gas, eléctricos, por infrarrojos, caloventores… En un estante divisé una fila de cafeteras italianas de varios tamaños. ¡Bingo!

Un letrero rezaba: “Sr cliente: Si usted necesita “el cosito del coso” tráiganos de muestra “el coso donde va el cosito”. Revisé que había traído lo que suponía que sería el coso, la cafetera, para buscar su cosito, una goma adecuada a su medida, mientras un chico joven iba preguntando a los clientes de la fila si habían hecho algún encargo a través de las redes del negocio. Hasta las ferreterías más tradicionales, tenían ya Facebook e Instagram.

Por fin me tocó el turno de ser atendida en una de las seis mesas que estaban funcionando de cara al público. Saqué la cafetera y le expliqué lo que necesitaba al hombre que me atendió. Mientras se iba a buscar la gomita, me quedé observando el interior del local. Todas las paredes estaban cubiertas de piezas, herramientas y aparatos. Traté de hacer alguna foto disimulada para poder estudiar después con más atención la variedad de artilugios dispuestos, pero por los nervios, todas salieron borrosas. Recuerdo, sin embargo, que en la estantería que tenía enfrente estaba el rincón de las herramientas con toda clase de tijeras, llaves inglesas, alicates, destornilladores, al lado de un montón de cabezales de grifería diferentes. Más arriba había pilas y pilas de cajas, cada una con un inventario en su tapa que enumeraba su contenido. Del techo, no solo colgaban las lámparas y los ventiladores, sino también quemadores, resistencias y termostatos para parrillas y termotanques, y todo tipo de manijas de puertas y de ventanas.

El tendero volvió demasiado pronto, antes de que pudiera fijarme en más detalles. Me pregunté cómo habría encontrado tan rápidamente algo tan concreto como una goma de cafetera entre toda la parafernalia de aparatos que ofertaba la tienda.  Venía con varias gomas, y comprobó cuál encajaba mejor. Contenta con mi goma de 40 pesos, salí del Rey del Repuesto con la promesa de volver para un estudio más exhaustivo del local, y caminé hasta la plaza Sarmiento donde una manifestación de personas embarbijadas y dispersas protestaba enérgicamente por la quema de las islas.

Tomé la calle San Juan para volver a casa y me detuve en un edificio antiguo cuya fachada estaba pintada mitad en rojo, mitad en azul. No podía creer lo que ofertaba el cartel de su ventana: Clases de teatro presenciales.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 17/7 - Vie. 24/7
Finalizado

Hora

08:00 - 18:00

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