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El diario de Inés. Capítulo 16

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 16. Clases de teatro presenciales

Lo cierto es que cuando llegué a Rosario no tenía pensado apuntarme a clases de teatro. Pero ese taller fue la primera actividad presencial que volví a ver anunciada tras el confinamiento. Y tenía muchas ganas de conocer gente, de desentumecer el cuerpo tras el encierro, y de -¿por qué no decirlo?- reaprender a sociabilizar tras tres meses de soledad obligada. Así que, sin pensarlo demasiado, escribí al correo que aparecía en el cartel para preguntar si quedaban plazas.

El primer día de clase llegué con los nervios de todos los comienzos, especialmente porque a un taller de interpretación no solo se va a aprender, se va a poner la intención y el cuerpo. Y yo notaba mi cuerpo adormecido por la cuarentena. Esperaba ser capaz de despertarlo para la ocasión.

El buen recibimiento, y la calidez del espacio rebajaron la tensión inicial. Tras una salita de recepción donde podíamos dejar nuestras cosas, había un patio decorado con multitud de macetas, guirnaldas de bombillas y unas agradables mesitas al aire libre. Desde el patio se accedía por dos puertas de madera a la sala donde se desarrollarían las clases. Era la misma sala en la que se representaban las funciones del teatro, solo que las gradas estaban apiladas a través de una estructura móvil articulada, que permitía desplegar o recoger las filas de butacas. Cuando estaban recogidas, se abría un amplio espacio entre la estructura y el escenario, que ocuparíamos para las sesiones.

El protocolo sanitario comenzó nada más entrar al teatro, donde había una alfombrilla impregnada con alcohol en la que debíamos desinfectarnos los zapatos y donde la recepcionista nos roció las manos con gel hidroalcohólico. En la entrada, además de tomarnos los datos de rigor para la inscripción en el taller, la joven nos pidió que rellenásemos una declaración jurada en la que debíamos certificar que no teníamos síntomas de covid, ni habíamos estado en contacto con nadie que lo tuviera o que fuera sospechoso de tenerlo.

Ya en la sala, se me escapó una leve risa de sorpresa al comprobar que en el piso había unos amplios cuadrados dibujados con cinta de carrocero. Cada participante debía instalarse en uno de ellos para preservar la distancia de seguridad. Cuando entré, ya había un par de compañeras en dos de los cuadrados, y en el escenario estaba el profesor, Felipe. Parecía bastante más joven de lo que imaginaba, según deduje por lo poco que podía ver de su cara, oculta tras el barbijo. También por su vestimenta: llevaba una amplia sudadera negra, bajo la que asomaba una camiseta de azul flúor, pantalones de camuflaje anchos que le llegaban por debajo de las rodillas y unas coloridas zapatillas. Mientras llegaba el resto de compañeras, nos preguntó si habíamos tomado antes o no clases de interpretación y nos dio conversación para romper el hielo.

Cuando todos los cuadrados fueron ocupados -éramos 7 sin contar al profesor- nos explicó algunas reglas que debíamos tener en cuenta de acuerdo con el protocolo sanitario. No podíamos salir de nuestros cuadrados, ni, por tanto, tocar a las compañeras. Tampoco podíamos tirarnos por el piso o quitarnos el barbijo. Si nos fatigábamos por los ejercicios físicos, podríamos parar y sentarnos. Parecía todo un desafío, teniendo en cuenta que tras 10 minutos hablando con el barbijo, el propio profesor parecía agotado por la falta de oxígeno.

Tras un calentamiento inicial, trabajamos con el concepto de la actuación como decisión interna y voluntaria, desarrollando de manera intuitiva algunos ejercicios corporales marcados por Felipe, que espontáneamente presentábamos de forma diferente al decidir actuar o dejar de hacerlo. No se trataba tanto de adoptar o no un papel, sino más bien de una toma de conciencia propia ante un estar o no estar en escena. De alguna manera, me encontraba muy cómoda en mi cuadrado. Lo sentía como un espacio de seguridad donde poder perder el pudor con el que había llegado.

Después hicimos un ejercicio genial para conocernos. Debíamos presentarnos por parejas a través de una serie de objetos de nuestra vida. Pero no debía tratarse de algo valioso por su valor sentimental, sino de elementos que recordáramos por alguna particularidad sensorial: objetos que, por su textura, por su color o por su materialidad, se nos hubieran quedado grabados en la memoria. Parecía difícil al comienzo, pero poco a poco los íbamos rescatando y los objetos de los unos traían a la memoria los objetos de las otras.

Como éramos impares, me tocó hacer este ejercicio con Luciano, que se dedicaba a la reparación de cintas de caminar, y con Carolina, profesora de gimnasia. Él mencionó algunas herramientas que utilizaba normalmente en su trabajo. Recuerdo especialmente que habló de una brusela, una especie de pinza que por su gran precisión y su punta afilada le resultaba sumamente útil en las reparaciones electrónicas, y de unos guantes de neopreno muy finos, que protegían sus manos en el trabajo a la vez que le permitían una gran sensibilidad al tacto. Carolina mencionó una pelota vieja que por su rugosidad le encantaba utilizar para sus ejercicios de pilates, unas calzas de lana muy calentitas para el invierno pero que le picaban en la piel y una manteca de coco que usaba como hidratante corporal por la sequedad de su piel. En un principio le había resultado demasiado pringosa, pero poco a poco le había cogido el gusto a su cremosidad.

Yo me acordé de la textura pegajosa de los jabones de glicerina de una tienda de cosmética natural en la que había trabajado; de la sequedad en las manos tras el trabajo con el barro en unas clases de cerámica; de la sensación resbaladiza en una esterilla de yoga de no demasiada calidad, e incluso de una cajita de cartón en forma de corazón forrada con papel charol azul que le había hecho a mi madre cuando era muy pequeña.

Con todo ese material teníamos que montar una presentación de nuestras parejas de trabajo ante el resto de compañeras. Aunque por la improvisación del ejercicio no salieron grandes cosas, Felipe nos habló de la capacidad interpretativa de trabajar con objetos descontextualizados y del potencial de recurrir en escena a ciertas vivencias sensoriales para concentrarnos y aislarnos de las distracciones.  Contó cómo los recuerdos sentimentales, en cambio, llevan implícita una carga emocional demasiado fuerte, que nos puede sacar de escena en lugar de ayudarnos a entrar.

De camino a casa me quedé pensando sobre cómo todo este asunto del covid nos estaba obligando a repensar la cultura desde lo virtual, y cómo en ese camino se perdían todas las percepciones físicas que una experimenta al ver en directo una obra de teatro, al asistir a una conferencia, al recorrer una muestra en una galería. Por ejemplo, en el centro cultural estábamos creando una visita virtual para una muestra textil de un artista alemán que trabajaba colectivamente con una familia de tejedoras salteñas. ¿Cómo hacer para que la materialidad de esos tejidos y toda su carga simbólica llegara a los espectadores que visitaban El camino en los campos de manera virtual?

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 24/7 - Vie. 31/7
Finalizado

Hora

Todo el día

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Publicado el viernes 24 de julio de 2020.