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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 18

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 18. Las islas del otro lado del Paraná

Por la cuarentena y por el frío del invierno, no nos habíamos atrevido a cruzar antes el río, pero cuando dieron permiso a las embarcaciones para navegar, comprobamos el pronóstico del tiempo y elegimos un soleado sábado de julio para hacer la excursión. Sergio, el marido de Bárbara tenía un kayak individual y preguntamos en varias guarderías hasta que encontramos una en la que conseguimos alquilar un kayak doble a un precio bastante razonable. En la travesía nos acompañaría Juan, un instructor de kayak para principiantes.

Solo había remado una vez en mi vida, tres años atrás, en mi tierra, atravesando las Hoces del río Duratón, un parque natural de avistamiento de buitres, atravesado por las cerradas curvas de este afluente del Duero, que discurren entre cañones donde se refugian estas aves. Recuerdo que aquella vez me adapté rápidamente a la embarcación y a las leves corrientes del río. Sería algo distinto esta vez: el Duratón no tiene comparación con las dimensiones del Paraná.

Salimos de la guardería sobre el mediodía. Al arrastrar el kayak hacia la playa rocé por primera vez el agua con mis pies. La sentí bastante fría -no en vano estábamos en julio- pero el entusiasmo de pisar por fin el Paraná compensaba la hipotermia, y tras algunos chapoteos ya me acostumbré a la temperatura.

Nuestra embarcación era bastante ancha, lo que le aportaba estabilidad, y poco a poco, Bárbara y yo fuimos acompasando el movimiento con nuestros remos. Al principio, los elevaba demasiado y con cada movimiento salpicaba algo de agua al interior de la piragua. Rápidamente se me empaparon las mallas, pero la actividad mantenía el cuerpo caliente. Poco a poco me acostumbré a dar remadas más ligeras y uniformes. Juan me explicó que podía reducir la tensión muscular si al remar empujaba hacia delante el brazo que estaba arriba, en lugar de ejercer fuerza arrastrando hacia mí el brazo contrario.

Hubo algunos momentos divertidos en los que, por más intentos que hacíamos de mantener un rumbo fijo el kayak irremediablemente se desviaba hacia la izquierda y por el esfuerzo de contrarrestar el desvío terminábamos por desplazarnos en zigzag, haciendo el doble del recorrido que nuestros compañeros de aventura.

En unos veinte minutos alcanzamos la margen opuesta, pero nos desviamos ligeramente hacia el puente Victoria para llegar al Paraná Viejo, una ramificación que rodea la isla de La Invernada. Para llegar hasta allá teníamos que hacer un giro en un picón donde el río estaba algo más revuelto debido a la bajante del agua. Al haber menos profundidad, las olas provocadas por las lanchas que cruzaban a nuestro alrededor nos desestabilizaban levemente. Según dijo Juan convenía no dejar de remar al atravesar las olas para vencer la corriente con el movimiento del kayak. De lo contrario, podíamos volcar.

Por el Paraná Viejo el agua discurría mucho más tranquila y los kayaks se deslizaban con un esfuerzo mínimo. Una pareja de cormoranes nos adelantó por la derecha, prácticamente rozando con su vuelo la superficie del río.

En las orillas observamos varias cabañas; las había de todos los tamaños y muchas parecían construidas a partir de contenedores industriales. La mayoría se asentaban sobre una estructura que las elevaba algunos metros sobre la tierra, para hacer frente a las subidas y bajadas del nivel del río. Me recordaron a los hórreos gallegos y asturianos, antiguas cabañitas para almacenar la comida que utilizaban esa misma estructura en altura para proteger los alimentos de los ratones y de la humedad de la tierra, en dos de las regiones más húmedas del norte de España.

Un poco más allá encontramos algunos restaurantes que parecían cerrados. Pequeños muelles comunicaban el río con la tierra a lo largo de ambas ribera y había embarcaciones de todo tipo amarradas en sus orillas: barcas de pesca, lanchas a motor, motos de agua, lanchones para turistas, y algún que otro velero. Vimos un barco antiguo, con toda la pintura resquebrajada, que por su estado parecía más bien un monumento. Tenía unas ventanas y puertas diminutas, ideales para mi tamaño.

Por fin desembarcamos en una playa desierta donde no había nada salvo una estructura de madera en la que aprovechamos para poner a secar las prendas húmedas. Juan nos explicó que, de haber continuado remando, podríamos rodear la isla completa saliendo de nuevo al ancho Paraná a la altura del Monumento, y completando la denominada “vuelta al mundo”. Lo intentaríamos la próxima vez. Extendimos sobre la arena un pareo donde cabíamos todos, y allí nos sentamos a almorzar unos bocadillos vegetales, que tras el esfuerzo nos supieron a gloria bendita. Parecía mentira que tan solo una hora separara el caos de la ciudad de este silencioso paraje natural.

Después de comer, Juan nos guio por unos senderos abiertos por el paso de los caballos y de las vacas hasta llegar a una especie de laguna, donde divisamos el caparazón de una tortuga que tomaba el sol sobre una rama, y una nutria que, al vernos aparecer, saltó para zambullirse en el agua. En la orilla encontramos unos peces muertos de grandes dimensiones que parecían trilobites prehistóricos por el armazón que formaban sus escamas. Juan contó que se trataba de una especie comúnmente conocida como vieja del agua, y que no había mejor manjar que las empanadas que su madre elaboraba con ese pescado. Explicó también que estaban muertas porque la bajante del agua había cortado la comunicación de la laguna con el resto del río, reduciendo considerablemente los niveles de oxígeno en el agua.

Al volver a la playa, encontramos a un hombre y a la que supusimos sería su hija, una niña que no tendría más de diez años, que a caballo arreaban a una manada de yeguas hacia el interior de la isla. Recordé una película del 2019, La Creciente, una especie de thriller rural que cuenta la historia de Matía, un joven que misteriosamente llega a una isla del Paraná y, a pesar de la hostilidad que lo recibe consigue trabajo como peón, llevando vacas de un lado a otro, antes de que la creciente inunde parte de la isla. Muy recomendable, no digo más.

A las cuatro de la tarde emprendimos el viaje de regreso, algo más cansados, y con el frío del atardecer metido en el cuerpo, pero con una tranquila sensación de energía renovada. Antes de voltear el kayak para empezar a remar, me quedé un instante contemplando aquel pequeño paraíso recién descubierto. Bárbara me prometió que en primavera volveríamos, y en esa ocasión, pasaríamos alguna noche allí.

Acostumbradas al movimiento, el viaje de vuelta transcurrió sin mayores sobresaltos, aunque el río estaba más picado y debíamos poner más empeño en las remadas para avanzar. Tan solo hubo un pequeño momento de pánico, en el que vimos cómo una lancha avanzaba directa hacia nuestro kayak. Afortunadamente, nos vio a tiempo y desvió su trayectoria, no sin obligarnos a sortear un abanico de agitadas olas.

Al llegar a la guardería y cambiarnos, agradecí infinitamente la calidez de la ropa seca en el cuerpo, y antes de volver a casa, paramos en un bar de la rambla, para ver el atardecer a resguardo y tomar una infusión calentita.

Aquella noche dormí del tirón, pero, por la mañana, me levanté con los brazos entumecidos por la falta de costumbre. Ese domingo tocaba excursión en tierra firme. Martina me había propuesto ir a conocer el barrio de Fisherton.

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

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Fecha

Vie. 7/8 - Vie. 14/8
Finalizado

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