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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 19

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 19. Fisherton

Aquel domingo aprovechamos que un amigo de Martina tenía el coche disponible para hacer una excursión a algún barrio más apartado de la ciudad. Martina propuso ir a Fisherton, ubicado en el noroeste, al otro lado de la circunvalación que rodea Rosario. Según dijo, se trataba de uno de los barrios más ricos de la ciudad. El nombre me sonaba, pues varios conocidos habían mencionado en alguna ocasión a un amigo o familiar que vivía en Fisherton. Yo había dado por hecho que se trataba de otra ciudad.

Para llegar, tomamos la calle Córdoba, que a partir de Avellaneda se transforma en la Avenida Eva Perón. Martina, guía oficial de la excursión, contaba que el barrio comenzó a construirse hacia 1888, para servir de residencia al personal jerárquico británico del Ferrocarril Central Argentino, una empresa que operaba las líneas de ferrocarril de las provincias de Santa Fé y Córdoba durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. La intención era construir una estación intermedia entre Funes y Ludueña que sirviera de retén de convoyes cuando el tráfico ferroviario hacia el puerto se intensificaba. De hecho, el nombre del barrio correspondía a Henry Fisher, gerente e ingeniero de la compañía ferroviaria. Imaginé que la terminación sería una derivación de la palabra “town”.

De camino, atravesamos zonas industriales con naves de grandes empresas y también algunos barrios más humildes de construcciones precarias que se apelotonaban en torno a las antiguas vías del tren.

Sin embargo, al llegar a Fisherton el paisaje urbano cambiaba radicalmente, una burbuja muy distinta a la Rosario hasta ahora conocida. Hicimos un recorrido en el coche por todo el barrio, impactados por las grandes mansiones de estilo inglés, la mayoría construidas sobre ladrillo rojo y tejados inclinados en uve. Había algunas más modernas, de estilo industrial, todas ellas con amplios jardines, otras con pileta e incluso con pistas de tenis. Jugamos a escoger cuál elegiríamos para vivir y yo me decidí por una amplia construcción con los muros de madera blanca. Tenía una sola planta, que junto con el jardín ocupaba prácticamente media cuadra. Varias hileras de farolillos se iluminaron mientras la rodeábamos, justo en el momento en que empezaba a atardecer.  Nos llamó la atención encontrar también un bloque de departamentos de nueva construcción con carteles de viviendas a la venta. Lo cierto es que no le encontramos demasiada gracia a vivir en Fisherton sin el lujo de un gran jardín particular.

Recorrimos las calles de anchas veredas arboladas y con césped a ambos costados. Pasamos por delante de la antigua estación de ferrocarril, reconvertida ahora en un centro cultural municipal, por supuesto cerrado a causa de la pandemia. Apenas se veían negocios y no había demasiada gente por las calles, aunque algunos grupos de chicos recorrían el barrio en bicicleta. La imagen me recordó a los clásicos barrios residenciales estadounidenses, donde todos se desplazan en automóvil hasta para ir a la vuelta de la esquina. Pasamos por la puerta del club de golf de Rosario para terminar de adivinar la categoría del barrio y al fondo divisamos el aeropuerto Islas Malvinas. En una esquina, dentro de una pequeña caseta aislada, un vigilante de la zona parecía leer un diario.

Estacionamos para pasear por la Plaza Vicente López y Planes, ubicada en el centro del barrio. Se trataba de un amplio parque con zonas ajardinadas, donde varias familias pasaban la tarde. El parque infantil estaba lleno de niños, ajenos a las restricciones impuestas por la pandemia. La caída del sol dejaba en el cielo una escala de tonos anaranjados y rosáceos. Martina aprovechó para fotografiar las siluetas de los árboles sobre el fondo de colores cálidos.

Nos acercamos después a la iglesia, la parroquia Cristo Rey, lugar de moda para las bodas rosarinas, según comentó Martina. Seguía la estética sencilla de las edificaciones en ladrillo rojo, y por el buen estado de conservación, parecía relativamente nueva. Su tejado de chapa blanca sin embargo, me dio la impresión de un edificio a medio construir.

También la encontramos cerrada. Al buscar en internet fotos de su interior, la primera entrada que aparecía en Google era la página de Facebook de la propia parroquia, donde había quienes consultaban a qué hora sería la misa del próximo domingo, o qué necesitaban hacer para bautizar a sus niños. La primera foto de la galería retrataba el feliz enlace entre un hombre de una edad ligeramente avanzada y una mujer que parecía bastante más joven. El pie de foto rezaba “#TusSueños #TuBoda Somos Momentos.”

Fuimos a merendar a un lindo restaurante ubicado en Boulevard Argentino, otrora una de las mansiones más grandes del barrio, más conocida como “La Casa del Inglés” por los vecinos del barrio. La casona tenía un amplio jardín con mesas en el exterior, ideal para las noches de verano. Pero como aún hacía demasiado frío para estar afuera, decidimos buscar una mesa adentro.

Daba la bienvenida una entrada de altos techos con las paredes pintadas en un color azul mar. En el piso, un ventanal de cristal permitía ver un sótano acondicionado como cava, por el que asomaban enormes estanterías repletas de botellas de vino. Antes de sentarnos, curioseamos un poco el lugar, dividido en amplios salones, cada uno con los muros pintados en tonos distintos: amarillo ocre, verde botella, rojo terracota. Tenía grandes espacios diáfanos con espacio para multitud de mesas y otros más chicos, ideales para una velada íntima. Las paredes estaban decoradas con fotografías antiguas que ilustraban la historia de la casa y de sus propietarios.

La camarera nos hizo un resumen: la casa había pertenecido a la familia Egginton. Tras la muerte de los últimos miembros de la familia, quedó abandonada, sufriendo actos vandálicos hasta quedar arrasada tras un incendio. En 2014 la familia dueña de una famosa bodega se ocupó de su restauración, y desde 2019 Jorge Thorughgood, vecino de Fisherton y antiguo responsable de otro restaurante del barrio, trasladó su negocio a la mansión de los Egginton, bautizando el negocio con un particular nombre: Gimme Shelter, probablemente en honor al tema de los Rolling Stones.

Tras la lección de historia por fin nos sentamos a merendar. Prácticamente estábamos solos en el comedor. Quién dijo que una botella de vino no puede sustituir al café de media tarde. La carta era tan amplia que nos dejamos recomendar y acompañamos el vino con una picada muy rica de provoleta, tomates cherry grillados, hongos escabechados, trocitos de focaccia y unas exquisitas empanadas que me recordaron a la variedad boliviana, ya que además de la carne llevaban taquitos de patata.

Solo el hecho de que el amigo de Martina tenía cierta urgencia por regresar a Rosario antes de las 10 nos salvó de pedir una segunda botella de vino. En la conversación, lamentamos que los centros culturales siguieran cerrados y que todavía no hubiera podido recorrer los museos de la ciudad. Sin embargo, me recomendaron un lugar para visitar el siguiente fin de semana, un lugar a medio camino entre galería antigua y centro comercial en el mismísimo corazón de Rosario: el Pasaje Pan.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 14/8 - Vie. 21/8
Finalizado

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