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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 20

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 20. Pasaje Pan

Desde que la conocí en el centro cultural, hice muy buenas migas con Melisa, una compañera del Parque España con la que había trabajado mano a mano en el equipo de galerías. Juntas preparamos las visitas virtuales de las muestras expuestas en el centro durante la cuarentena.
Además, como vivimos a una cuadra, nos juntamos de vez en cuando a explorar los bares del barrio o a dar algún paseo en bicicleta. También Meli me había contado maravillas del Pasaje Pan, la galería comercial más antigua de todas las que recorren las calles del centro, así que un sábado de julio quedamos para desayunar y conocer por fin la famosa galería.

El pasaje comunica la peatonal Córdoba y la calle Santa Fe a la altura del 900. Entramos por la puerta trasera, que da acceso a la parte más antigua del pasaje, cuya construcción comenzó en el año 1889. La puerta enrejada de la calle Santa Fe pasa inadvertida si una no camina
atenta a las alturas para fijarse en un letrero que indica la entrada a la galería.

El centro rosarino bulle por las mañanas, incluso en sábado y con pandemia, por la activa vida comercial de la ciudad. Sin embargo, nada más entrar al pasaje, el ritmo de la ciudad pareció
ralentizarse hasta detenerse.

Unos farolillos redondos de aire vintage iluminaban de manera tenue ese primer tramo del
estrecho pasaje, completamente vacío. Tenía un estilo difícil de clasificar para mis limitados conocimientos arquitectónicos, aunque sus elementos decorativos me recordaban a una mezcla de art nouveau y el art decó. Wikipedia me aclararía después que el pasaje pertenece al estilo “ecléctico-académico”, nacido en Francia y popularizado en Europa, Rusia y el resto de Occidente entre 1860 y 1920.

Venecitas hexagonales de diferentes colores cubrían el piso formando patrones geométricos, y los altos muros, discretamente decorados con formas simétricas, estaban pintados en colores
crema y blanco. La pintura resquebrajada y el paso del tiempo le daban al pasaje un aire decadente que no le restaba ningún encanto.

Numerosas puertas de oficinas recorrían el pasillo, todas cerradas por tratarse de un sábado. Encontramos despachos de abogados, consultas de psicología y espacios para clases de yoga o
de escritura literaria, entre otras. Un cartel más llamativo señalaba la entrada a la Sede de la “Asociación Rosarina de Esperanto” que, según comprobé después, celebra este año su 86 aniversario. Mi alma de filóloga se emocionó por un instante y se decepcionó al siguiente al comprobar que también estaba cerrada.

Al fondo de ese angosto pasillo se adivinaba una entrada coronada con una vidriera de formas ovoides que daba la bienvenida al otro lado de la galería, más amplia y luminosa, construida 15 años después del primer tramo que habíamos recorrido. En esa otra zona se ubicaban los locales comerciales. A mano derecha encontramos la librería Craz.

Amarramos las bicicletas a un costado del pasillo y el dueño, que parecía estar esperando a que alguien apareciera, nos invitó amablemente a echar un vistazo. La librería contaba con una extensa colección de libros ilustrados y álbumes de historietas, además de fanzines, láminas y pegatinas. Me entretuve ojeando un hermoso libro infantil, Paren de pisar a ese gato, que narraba con ilustraciones a todo color las desventuras de un minino casi transparente al que pisaban constantemente todos los miembros de su familia. Solo salí del trance cuando Meli me recordó que el desayuno nos esperaba.

En el medio del pasaje se abría un amplio espacio, muy luminoso por la presencia de una claraboya gigante en el techo que permitía entrar toda la luz cenital del exterior. Nos sentamos en una de las cuatro mesitas que pertenecían a la cafetería del pasaje y el mismo
hombre pluriempleado que regentaba la librería vino a tomarnos nota. Un té
verde, un café con leche y cuatro medias lunas dulces.

Tras pedir, pude fijarme más detenidamente en esa salita interior. En una esquina, un piano de pared aguardaba silencioso. Meli me contó que en alguna ocasión mientras compraba algún
regalito en el pasaje, un aficionado se había lanzado espontáneamente a tocar las teclas del piano durmiente.

Algunos locales del pasaje habían cerrado en los últimos años. En frente de nuestra mesa una vidriera aun exponía ilustraciones y artefactos de Flor Balestra, dibujante, diseñadora y productora rosarina, que había regentado la tienda-galería de objetos de arte Peccata Minuta, durante 25 años, hasta el 2016. Meli, que toca el violín, también echó de menos el negocio de un luthier desaparecido en los últimos años.

Por fin llegó el desayuno. Aún no he probado una medialuna en Rosario que me decepcione y las de la cafetería del Pasaje Pan no iban a ser menos. Tan solo dos mesas estaban ocupadas y de vez en cuando algún curioso deambulaba entre las tiendas de diseño. Un aire místico envolvía la tranquilidad del espacio. A tan solo 30 metros, la peatonal Córdoba vivía su hora punta.

Meli saludó al dueño de una galería-marquería del pasaje llamada Rivoire y me comentó que se trataba del mejor local de la ciudad para hacer cualquier tipo de enmarcación. Visitamos la minigalería, donde no habría más de diez obras expuestas, ya que la mayor parte del local estaba ocupada por el taller del artista. Encontré un par de ilustraciones preciosas, de trazos sencillos a dos tintas obra de Lucía Seisas, quien había participado recientemente en un proyecto de ilustración con el Parque España durante la cuarentena. En esta ciudad todo el circuito artístico está interconectado.

Entramos además a un par de tiendas de diseño que vendían artículos de vestuario, joyería, papelería y cerámica, y decidí que había encontrado el lugar ideal para comprar los souvenirs de mi viaje antes de mi vuelta a España. Me enamoré de una mochila de fieltro gris y tuve que recordarme que no había traído dinero suficiente y que el espacio en mi maleta a la vuelta sería muy limitado.

Subimos a la primera planta donde además de algunos negocios y aulas de clase, se encontraba “La cámara de la propiedad horizontal”. La luz en esa altura era espectacular y la sensación de calidez del espacio, decorado con multitud de macetas y plantas invitaba a quedarse ahí recorriendo cada rinconcito. Nos asomamos a un corredor en el que distinguimos al fondo a una pareja que se besaba. No pudimos evitar sacar el móvil para retratar la escena disimuladamente. Al otro lado del pasillo encontramos un ascensor antiquísimo de la marca Otis, que resultó ser el tercer ascensor instalado en toda la ciudad y uno de los únicos que aún conserva su motor en el subsuelo de la galería.

Antes de salir de ese universo paralelo para volver a la realidad del agitado centro rosarino, contemplamos el mural de la escalera que baja al subsuelo del pasaje, con el que el Colegio de Arquitectos homenajeó en el año 2016 a los detenidos-desaparecidos asesinados de la dictadura militar, y más concretamente a sus colegas arquitectos víctimas del terrorismo de estado.

Desamarramos nuestras bicicletas para salir a la calle y justo en la entrada de la peatonal Córdoba encontramos un cartel que decía: “Terminantemente prohibido ingresar, circular y estacionar bicicletas, triciclos y motocicletas”. Lo tendríamos en cuenta para la próxima vez.

Recordamos que ese día habría una concentración en el puente Rosario-Victoria para protestar ante la quema indiscriminada de pastizales en los humedales del Paraná, así que decidimos unirnos esa misma tarde a la demanda bajo el lema #No somos nada sin todo lo que nos rodea.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 21/8 - Vie. 28/8
Finalizado

Hora

Todo el día

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