#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 25

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 25. Más allá de la pandemia

Fuimos al refugio de mujeres el martes de esa primera semana de septiembre en la que no paró de llover un solo día. Incluso dentro de casa la sensación de frío y humedad no se despegaba del cuerpo, aun con la estufa al máximo y varias capas de ropa. Fernanda me pasó a buscar poco antes de las 18 y en el camino me explicó lo que tendríamos que hacer esa noche: acompañar a las chicas durante la cena, servirles la comida y darles conversación hasta que se fueran a dormir.

El refugio se localiza en un local céntrico de Caritas, prestado a la municipalidad en el contexto de pandemia, para acoger a mujeres en situación de calle. Allí podían cenar, asearse y dormir a cubierto. Por la mañana, tenían que volver a la calle.

Llamamos a la puerta y nos abrió Adriana, a cargo del lugar en ese momento. Nos saludó con una sonrisa, pero en su cara eran evidentes las marcas de cansancio y preocupación. Entramos a un amplio patio, apresuradas por la lluvia y nos refugiamos en uno de los baños comunes del espacio devenido eventual oficina. Allí se recibe a las mujeres cada día y se registra que no presenten síntomas. Desde su improvisada oficina, Adriana no paraba de recibir y responder llamadas y mensajes de los compañeros que estaban haciendo la ronda para localizar a las personas que no se habían presentado esa noche en el resto de los refugios. Como llovía mucho, les resultaba más difícil localizarlos en sus lugares habituales.

Mientras, Fernanda me guiaba en un recorrido por el espacio. Además de la oficina improvisada, había dos dormitorios con unas ocho camas -relativamente separadas entre sí-, un pasillo de baños y duchas comunitarias y, finalmente, un comedor con una amplia mesa en el que las mujeres cenaban.

De a poco empezaron a llegar las mujeres. A Fernanda ya la conocían así que la saludaban con confianza. Había mujeres de todas las edades, desde jovencitas hasta señoras que superaban largamente los sesenta.

Una de las chicas se acercó a conversar con nosotras. Era su primera vez en el centro y se dedicó a curiosear el lugar. Me hizo varias preguntas sobre el funcionamiento del espacio, a las que no supe responder. Mientras fumaba, contó que llevaba en la calle desde los ocho años. Nos dejó impresionadas. Calculo que ahora tendría unos veinte. Afirmaba que nunca le había pasado nada demasiado terrible. Sabía tomar precauciones, y se había curtido con los años. “Una tiene que saber cuidarse. No podés esperar a que los demás cuiden de vos”.

Mientras las chicas iban entrando al comedor llegó la comida. La traían los excombatientes de Malvinas. La imagen me resultó muy llamativa. Llegaron vestidos con el uniforme militar, en una especie de vehículo de combate, color verde camuflaje, que arrastraba un remolque que era en realidad una olla gigante para mantener la comida caliente mientras la reparten entre la gente que vive en la calle y en todos los refugios de la ciudad. Venían alegres, cantando, y nos preguntaron cuántas mujeres había esa noche. Como las habitaciones estaban completas, nos llenaron la olla hasta arriba.

Cuando llevamos la olla al comedor, el resto de las mujeres que descansaban en los dormitorios se acercaron a cenar. Fernanda y yo nos echamos alcohol en las manos y nos pusimos unos guantes para completar el atuendo sanitario en pos de guardar las medidas sanitarias al servir la comida. Se trataba de un guiso de arroz con verduras y pedazos de carne que olía realmente bien.

Al entrar al comedor las mujeres se dividieron en dos grupos. Las que no tenían muchas ganas de conversar se sentaron más cerca de la tele y cenaron en silencio, atentas al noticiario. Al otro lado de la mesa se sentó otro grupito más hablador. Parecían conocerse y hablaban con confianza. Efectivamente, después me contarían que llevaban durmiendo juntas los dos últimos meses en ese refugio.

Cuando terminé de servir los platos, después de que casi todas hubieran repetido, me senté a la mesa con ellas para escucharlas y tratar de participar en su conversación. La más dicharachera era Carmen. Hablaba de una casa grande en la que había vivido. Contaba que siempre andaba liada con las labores del hogar y que adoraba cuidar las flores de su jardín: “A una le gusta tener la casa linda, ¿verdad?”. También mencionó con cierta nostalgia a una hija. Me dijo que la echaba de menos, y, por no ser inoportuna, no quise preguntar más.

Justo en frente tenía a María, la más joven del grupo. Se reía mucho y parecía algo inocente. Había adoptado a un perrito callejero, que daba vueltas a nuestro alrededor buscando mimos. El perro también dormía en la habitación junto a las chicas. Todas le habían tomado cariño y
agradecían su compañía y sus lametones en las noches de frío. A la derecha de ella se sentó Nora, una mujer más gordita, que cada poco iba comentando las noticias de la televisión. Se llevó las manos a la cabeza al enterarse de que la huelga de colectivos continuaría por una semana más.

Por último, estaba Mónica. Su conversación era cálida y agradable y me preguntó qué hacía una española en Argentina en medio de una pandemia. Me dijo que le gustaba mi tonada. Cuando le conté que yo era de un pueblito cercano a la ciudad de Madrid, me comentó que ella tenía algunos familiares en Barcelona.

Mi sensación era la de querer participar de su conversación sin ser desubicada. No sabía muy bien qué podía o no preguntarles. No quería importunarlas o que se sintieran invadidas. Ante las historias que ellas me contaban de manera espontánea, me quedaba sin palabras. Me llamaba la atención que en sus relatos se percibía un pasado de normalidad, una vida más o menos estable. No podía saber en qué momento todo eso se había truncado para que todas se encontraran en situación de calle.

Mientras yo charlaba en el comedor con las chicas, Fernanda le llevó la cena al dormitorio a Marisa, una mujer algo mayor con algunas dificultades para caminar. Luego Fernanda me contaría que Marisa vivía en una plaza, pero debido a que sus problemas de salud se han agudizado con la edad, ya no volverá allí, sino que será trasladada a un geriátrico donde puedan cuidar de ella.

Cuando las mujeres se fueron a acostar, nos quedamos un rato más haciendo compañía a Adriana para la larga noche que le quedaba por delante. Fernanda le propuso pensar en alguna clase de formación para voluntarios que pudieran desempeñar ese tipo de trabajo. Me pareció una idea brillante, ya que en ese simple ratito yo misma había percibido mis limitaciones y la falta de algunas herramientas básicas para abordar ciertas situaciones. Además, estoy segura de que debe haber gente a quien le gustaría echar una mano, sin saber muy bien cómo ser útil.

De camino a casa, con todas esas historias dándome vueltas en la cabeza, le conté a Fernanda que uno de mis mayores miedos es el de tener que vivir en la calle. Al volver a la comodidad de mi hogar me sentí tremendamente privilegiada. Dos semanas después me enteraría de que el refugio había tenido que cerrar sus puertas porque habían detectado casos de Covid, y las autoridades volverían a confinarnos por el aumento desmedido de diagnósticos positivos en la ciudad.

***Los nombres de este capítulo fueron cambiados para preservar la intimidad de las personas.

 

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Fecha

Vie. 25/9/20 - Jue. 1/10/20
Finalizado

Hora

Todo el día

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Publicado el lunes 28 de septiembre de 2020.