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El diario de Inés. Capítulo 8

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 8. Mi primera cerveza en Argentina

Uno de los primeros días de trabajo, coincidí en la puerta del centro cultural con una mujer joven de pelo corto y muy rizado a la que no reconocí como personal del equipo. Me sorprendió cuando se acercó sonriente a preguntar un “¿Eres Inés?” en el que inmediatamente reconocí un leve acento del sur de España. Se presentó como Bárbara y me dijo que era profesora de literatura española en un colegio muy cercano al centro cultural. Al enterarse de que una becaria española iba a incorporarse al centro, decidió acercarse para conocerme, así que quedamos aquella misma noche para tomar una cerveza.

Nos encontramos en el Quita Pena, un pequeño bar en mitad del Parque España, con una amplia terraza que miraba al río. Tras haber pasado todo el invierno en España, la idea de tomar una cerveza al aire libre en una terraza con vistas al Paraná se me antojaba un plan maravilloso. La noche empezaba a caer, hacía una temperatura ideal suavizada por la brisa del río y la terraza estaba muy animada. Un guitarrista tocaba canciones de Spinetta. Bárbara, que efectivamente era natural de Murcia, me contó que había llegado a Argentina tres años atrás con uno de esos programas que facilita el ministerio de educación para que profesores españoles tengan la oportunidad de dar clase en institutos internacionales.

Desde el primer momento establecimos una conexión muy especial y en un par de horas de animada charla ya nos habíamos puesto al día de nuestras respectivas vidas. Cuando Bárbara llegó a Argentina, su hija tenía tan solo un año y medio y como su marido tuvo que quedarse algunos meses en España por asuntos laborales, se le había hecho un poco cuesta arriba la adaptación a su nuevo entorno. Por eso, había decidido amadrinarme y echarme una mano con mi incorporación a la vida rosarina, cosa que agradecí enormemente. Aunque durante mis primeros días en Argentina me había sentido muy acogida, la idea de poder compartir primeras inquietudes e impresiones con alguien que había pasado por algo parecido anteriormente me ofrecía un gran consuelo, además de la posibilidad de hablar sin tapujos de las cosas que nos habían desconcertado. También me dio algunos datos importantes sobre Rosario: lugares donde cambiar dinero, restaurantes recomendables y algunos museos de la ciudad que debía visitar sin falta, como el MACRO y el Museo de la Memoria.

Como ambas habíamos estudiado filología y educación, pronto la conversación se desvió hacia la literatura y hacia las oportunidades y experiencias que ofrecía su enseñanza para los adolescentes. Me contó entusiasmada cómo sus alumnos eran muy participativos en las clases y se mostraban motivados con su asignatura. Compartíamos la opinión de que los argentinos, en general, y quizás por su educación, estaban bastante más habituados a hablar en público que los españoles y tenían una forma de expresarse diferente, más fluida, más adornada, llena de matices y de giros lingüísticos que los hacían, al menos para nosotras, más persuasivos. Ella lo notaba en las intervenciones de sus alumnos en clase. Yo, en las conversaciones con mis compañeros de trabajo.

Tras un par de cervezas, nos acercamos a ver una obra de teatro, a una pequeña sala con mucho encanto del barrio Pichincha llamada El rayo misterioso, que quedaba a un par de cuadras de mi casa. Se trataba de uno de esos edificios antiguos del barrio en el que habían habilitado un pequeño bar y una sala de teatro, donde según se veía en varios carteles que decoraban el local, también ofrecían clases de actuación. Las paredes del bar estaban cubiertas de estanterías con libros sobre teoría teatral y multitud de obras dramáticas. Cuando por fin sonó la campanita, entramos a la sala, con espacio para unas cincuenta butacas dispuestas en altura ante las que se situaba el espacio escénico, prácticamente vacío.

Con tan solo cuatro actores que interpretaban a varios personajes y una escenografía mínima, reprodujeron una versión divertidísima del Enfermo Imaginario de Moliere, en la que los personajes caricaturizados hasta el extremo convirtieron la comedia en una obra desternillante.

Tras el fin del espectáculo nos despedimos y caminé hacia casa encantada de haber conocido a una nueva amiga en Rosario y de haber encontrado una sala genial para ver teatro tan cerquita de mi casa. Me quedé pensando lo valiente que me parecía la decisión de Bárbara de haber optado por ese cambio radical, una mudanza completa de Murcia a Rosario, teniendo ya una vida y una familia asentadas en España. Al fin y al cabo, yo prácticamente acababa de terminar mis estudios, y aún no tenía una estabilidad laboral asentada en España ni ataduras familiares importantes que me amarraran a la vida que llevaba. Todo lo contrario: sentía que me encontraba en un momento ideal para terminar de completar mi formación con la experiencia única de este viaje y de la beca, que se habían presentado ante mí como un increíble regalo.

Justo al cruzar la puerta, me asusté al ver en el poyete de la ventana una gata que me vigilaba con una cara amenazante que decía claramente “¿qué haces tú en mi territorio?”. Se trataba de Isabela, la gata de la vecina.

 

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Vie. 29/5 - Jue. 2/7
Finalizado

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Publicado el martes 2 de junio de 2020.