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#CCPEenCasa El diario de Inés. Capítulo 9

Inés Arribas es nuestra becaria española* y cada viernes nos compartirá un capítulo de su diario narrando sus impresiones durante su estadía en Rosario.

Capítulo 9. Isabela, la gata de la vecina

Ya había observado rastros de gatos en el patio. Entre las plantas de aloe vera encontré algunas zonas escarbadas. Alguien había tratado de ocultar algunos regalitos indeseables que, sin embargo, habían quedado al descubierto.

La primera vez que me vio, justo cuando cruzaba la puerta del patio, la gata me recibió con una actitud hostil, la cola inflada, y todo su pelaje erizado. Se deslizaba sigilosa por el poyete de la ventana con movimientos lentos y calculados esperando el instante perfecto para atacar. Traté de hablarle suavemente para tranquilizarla y firmar así un pacto mutuo de no agresión. Aunque mantuvo una posición de alerta, su cuerpo pareció relajarse ligeramente y su pelo volvió a la normalidad. El temor dio paso a la curiosidad y bajó al suelo acercándose lentamente para olisquearme. Intuí que era hembra por lo pequeña y flacucha que estaba y por el colorido de su pelaje. Aunque a primera vista parecía de un gris más o menos uniforme, podía apreciarse una mezcolanza de colores -negro apagado, beige clarito y canela pálido- distribuidos por todo su cuerpo en manchas poco definidas. Cuando traté de acariciarla se alejó, saltó el muro y desapareció.

Durante las siguientes semanas, la encontré varias veces paseando entre los muros del pasillo, atenta a los movimientos de todo el vecindario. A veces, cuando salía a leer al patio, bajaba a visitarme, y se acurrucaba debajo de mi silla. Con el paso de los días, empezó a dejarse acariciar, y una mañana, mientras trabajaba con el ordenador, pegó un brinco y se acomodó en mis piernas, haciéndose una bolita para dormir. Aunque nuestra relación mejoraba, de vez en cuando y sin razón aparente, sacaba los dientes y las garras a pasear, para morderme o darme algún que otro zarpazo.

No sabía si era una gata callejera. Lo parecía por su aspecto, estaba excesivamente delgada y se le marcaban las costillas, pero resultaba curioso que siempre estuviera en el pasillo. Empecé a fantasear con la idea de adoptarla. Tendría que llevarla a una clínica veterinaria para desparasitarla y hacerle un chequeo médico. Sin embargo, un día me encontré en la puerta de la calle con una joven que también vivía en el pasillo y llegaba cargada con la compra. La saludé y le ofrecí ayuda con las bolsas. Ella aceptó y mientras nos acercábamos a la puerta de su casa, me di cuenta de que la gata nos observaba desde el muro. Le pregunté si sabía de quién era, y efectivamente, me comentó que, aunque no la conocía, sabía que su dueña era la vecina que vivía en la casa de mi derecha. Me dijo que la gata pasaba bastante tiempo sola en casa y que por eso mataba los días deambulando entre los muros del pasillo.

Descubrí su nombre una mañana de sol, mientras leía tranquilamente en el patio. En la casa contigua, alguien hacía tareas de jardinería. Se escuchaba el chorro del agua de una manguera, el sonido de unas tijeras de podar trabajando y una escoba que recogía los restos de la poda. Estaba enfrascada en la lectura de Desarticulaciones, de Sylvia Molloy, cuando me sobresalté por la estrepitosa caída de algún objeto contundente de cristal al otro lado del muro. Una voz femenina gritó: “¡La concha de tu madre, Isabela!” a lo que siguió un maullido lastimero.

Un día, mientras remoloneaba aún en la cama antes de levantarme, escuché algo moverse en la planta de abajo y al asomarme, me di cuenta de que la gata se había colado en la casa por la ventana y me observaba desde la escalera. Pegué un brinco y corrí escaleras abajo hacia ella para asustarla y que saliera. Desde entonces, cada vez que me dejaba la puerta abierta para ventilar, la gata trataba de colarse dentro de la casa y aunque armé una especie de barricada con cajas de cartón, siempre se las ingeniaba para saltar la barrera o abrirse paso por algún recoveco. Como hacía mucho calor y no podía mantener la ventana cerrada, o estar vigilándola siempre que estuviera abierta, me di por vencida, e Isabela comenzó a pasearse por mi casa como si fuera una extensión de la suya. Se pasó una semana entera olisqueando cada rincón de mi hogar, restregándose por todas las esquinas para marcarlas con su olor. Tuve que poner gomas de pelo en los tiradores de los armarios para que no se metiera dentro de la despensa de la comida, y que perseguirla con la escoba cada vez que la muy pícara se subía a descansar a mi cama. Sin embargo, ella se lo tomaba como un juego de persecución e incansablemente volvía a la carga. Con eso perdí mi segunda batalla, y me di cuenta de que, si en algún futuro me lo proponía, tendría que poner mucho empeño para ser una buena madre. No era cachorra, pero su afán por la exploración y por el juego demostraban que era una gatita muy joven.

Nunca había tenido un gato, así que empecé a leer en internet todo sobre etología felina. Descubrí que la expresión de su cara, la postura de su cuerpo y, sobre todo, el movimiento de su cola son fundamentales para descifrar los secretos de su comportamiento, muy diferente, por cierto, del de los perros. Por ejemplo, cuando un perro mueve su cola agitadamente, está feliz. Pero si un gato sacude su cola como si fuera un látigo de lado a lado significa que está molesto o enfadado. Entendí también que era más o menos normal esa rara costumbre que tenía de masticar la hierba del patio y vomitar a continuación para purgarse, de vez en cuando. La primera vez que lo vi, me asusté. Pensé que lo hacía porque tenía hambre y comía hierba a falta de algo mejor. Así que le compré un poco de pienso para gatos para ofrecerle en sus visitas, que se hicieron cada vez más habituales.

Isabela ya pasa más rato en mi casa que en la suya, e incluso, alguna noche viene maullarme a la ventana para dormir conmigo. Cuando trabajo, se acurruca al lado de mi ordenador para dormir, y al anochecer, por su naturaleza de cazadora nocturna, se vuelve medio loca y corre a toda velocidad por los muros del pasillo, entrando y saliendo de la casa como alma que lleva al diablo. Me empieza a preocupar que haré con ella, o sin ella, cuando tenga que volver a España en diciembre.

Una tarde llamaron a la puerta. Era Martina, la vecina de las compras. Me preguntó en broma si había raptado a la gata, porque cada vez con más frecuencia la veía bajar por el muro hacia mi casa. Quería invitarme a pasar la tarde a su casa y por fin disfrutar de un buen Asado Argentino.

*Inés Arribas es española, de la ciudad de Aranda de Duero, provincia de Burgos. Y llega a nuestro Centro Cultural a través de la Beca de Formación en Gestión Cultural y Diplomacia Científica en la Red Exterior de Representaciones Diplomáticas, Centros Culturales de España y en la AECID.

 

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Fecha

Mar. 9/6 - Dom. 14/6
Finalizado

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